Discurso de Manuel Azaña el 21 de enero de 1937 en Valencia

Discurso de Manuel Azaña el 21 de enero de 1937 en Valencia
Discurso de Don Manuel Azaña Díaz, Presidente de la II República en el Ayuntamiento de Valencia, el 21 de enero de 1937. Tras recibir la bienvenida en el Ayuntamiento de Valencia, por parte del alcalde Don José Cano Coloma, Don Manuel Azaña pronuncia estas palabras:






Elogio y agradecimiento a Valencia

Señor Alcalde, señores todos: He oído con emoción que me ha costado trabajo reprimir, las palabras de bienvenida que la legítima representación de la democracia valenciana acaba de dirigirme. En cualquier ocasión, en cualquier lugar de España, un saludo como éste quedaría profundamente grabado en mi corazón. Pero en las circunstancias actuales, y viniendo de la expresión auténtica de la democracia valenciana, su valor es imponderable. Valencia tiene en su historia el título glorioso de haber sido uno de los primeros y más fuertes hogares del republicanismo español, y en este país se daban de antiguo aquellas condiciones sociales, económicas y políticas merced a las cuales el árbol de la democracia ha podido crecer con la robustez que todos hemos tenido ocasión de admirar en tiempos pasados.

Valencia, en la paz, era una joya de la República española, y en la guerra ha sabido cumplir con creces su obligación. Muchos hijos de Valencia han perdido su vida luchando en el frente por la salvación de todos sus hermanos de España. Conocemos los esfuerzos que en el campo de batalla los valencianos han sabido hacer. ¡Loor a todos ellos! Y conste el agradecimiento de todos por el esfuerzo valenciano. Conocemos también los servicios de otro orden que el país valenciano ha prestado acudiendo al socorro y mantenimiento de los combatientes en las poblaciones asediadas por el enemigo. Además, Valencia, al saludarme por boca de su alcalde, aviva mis sentimientos de otro tiempo, que ahora me es permitido evocar, porque recobran una actualidad moral.

A Valencia debo, en los comienzos de mi acción política, tan corta todavía, pero tan excesivamente dramática y tempestuosa, la primer acta de diputado que nunca tuve. Vuestro pueblo tuvo esa cortesía conmigo. Y hace año y medio, o poco más, la democracia valenciana me prestó su auditorio clamoroso y su entusiasmo republicano para el grandioso acto en el que se inauguró la coalición política, que en el pensamiento de quienes la forjaron y en la pura intención de quien fue su portavoz estuvo llamada a dar a la República una base amplísima de colaboración social y las normas pacíficas de progreso y de engrandecimiento de la sociedad española. Y es justamente hoy al evocar en Valencia y ante su alcalde este recuerdo, cuando tenemos delante el problema de la rebelión militar para destruir aquella obra que en Valencia se inició.

Me es grato también que sea Valencia quien preste la ocasión de deciros, a los seis meses de guerra, unas palabras sacadas de experiencias pasadas que nos permiten considerar gravemente, con el optimismo sereno y razonable que nos pertenece a todos, los problemas inmediatos del porvenir.

España, seis meses de Guerra Civil

Seis meses de guerra, largo plazo de sufrimiento, señores; plazo que nos hubiera parecido increíble en el mes de julio, cuando el porvenir estaba oculto detrás del telón del tiempo. Pero ahora nos parece breve y encontramos en nuestra alma el vigor suficiente para duplicarlo, y triplicarlo si es menester con tal de sacar adelante la causa de la República. En estos seis meses, los datos principales de los problemas que tenemos delante no han variado en lo esencial. Lo que ocurre es que, como de la semilla sale la planta, lo que llevaba contenido en sí el problema al estallar en el mes de julio (1936) ha ido manifestándose a la luz

¿Qué fue para nosotros el hecho de la Rebelión? Para nosotros fue y hubiéramos querido que siguiera siendo un problema de carácter Nacional Español, un problema interno de la política Española. Gran parte de las Fuerzas Armadas de la Nación, como brazo ejecutor de Partidos Políticos adversos al Régimen, se sublevó contra el Gobierno republicano, con el propósito de derrocar por la fuerza el régimen que la nación libremente se habia dado. Este es el hecho, y delante de él el Estado y sus órganos representativos, en todas sus jerarquías, conocieron su deber, y cumplieron su deber sin vacilar un solo segundo. ¿Cuál era su deber? Oponerse como fuese a la Rebelión Militar. No se transige con la Rebeldía cuando se ocupa dignamente el Poder, y en la representación de un Estado no se puede ni se debe transigir jamás con la Rebelión."

Habla de la Guerra, que siempre es un mal aborrecible en ésta incluso para quien la gana, y que los hechos que expone nos dan una justificación moral de primer orden, inatacable, tranquilizando nuestra conciencia para el porvenir de la Historia.


Hacemos la Guerra porque nos la hacen 

Hacemos una guerra terrible, guerra sobre el cuerpo de nuestra propia patria; pero nosotros hacemos la guerra porque nos la hacen. Nosotros somos los agredidos; es decir, nosotros, la República, el Estado que nosotros tenemos la obligación de defender. Ellos nos combaten; por eso combatimos nosotros.

Nuestra justificación es plena ante la conciencia más exigente, ante la historia más rigurosa. Nunca hemos agredido a nadie; nunca la República, ni el Estado, ni sus gobiernos han podido no ya justificar, sino disculpar o excusar un alzamiento en armas contra el Estado. Nuestra posición se ha robustecido en estos seis meses.

Sépalo el mundo entero y sépanlo los españoles todos, los que combaten a un lado y a los que combaten al otro: nosotros hacemos la guerra por deber, y en el cumplimiento del deber estamos dispuestos a persistir con tanto tesón como sea necesario para conseguir nuestro fin. (Muy bien. Aplausos.)



Por esto decía yo, señores, que el problema, al plantearse, era para nosotros, hubiéramos querido que fuese siempre, un problema de orden nacional interior; como si dijéramos, restablecer la observancia de la ley; como si dijéramos, un inmenso problema de orden público. Desgraciadamente no ha sido así; la rebelión militar española desde el primer momento ha adquirido los caracteres de un gravísimo problema internacional, y, diciéndolo con una paradoja, añadiré que desde antes del primer momento; quiero decir, antes de que saliese a la luz el hecho físico de la rebeldía, porque estamos todos persuadidos de que si no hubiera precedido una intensa labor internacional, la rebelión militar española no habría estallado. (Muy bien.)




La invasión extranjera

El otro aspecto de la cuestión por donde, como decía antes, la rebelión militar asciende al plano Internacional, es el auxilio prestado a los rebeldes por ciertos países europeos. Cuando las fuerzas marroquíes, que también son extranjeras, no fueron bastantes para los fines militares de la rebelión, o cuando perdieron su eficacia militar o por lo que fuese, han empezado a venir a España contingentes armados de otros países. Y esto cambia en cierto modo la situación moral creada por la rebelión, porque ya no se trata del peligro de la República, ya no se trata simplemente de una guerra civil entre españoles; digámoslo claro: estamos en presencia de una invasión extranjera en España, y lo que peligra no es solamente el régimen político, sino la Independencia auténtica de nuestro país. (Fuertes aplausos.)


Hace meses, allá por julio, la primera vez que yo tuve ocasión de dirigirme a la opinión pública después de empezada la rebelión, me permití decir que la guerra que entonces se inauguraba era una nueva guerra de independencia, y que, además prometía ser el primer acto de una guerra general europea no declarada entonces todavía. Algunas personas encontraron exagerados los términos de la declaración. Pero que esto es una guerra de independencia ya lo estáis viendo, no solo por el hecho de que el pueblo español se lance al combate para recuperar sus derechos, que es una manera de ser independiente, sino por el hecho más concreto y menos discutible de que hay pasos extraños en el suelo español, huestes armadas contra nosotros, y de cuyo triunfo resultaría la opresión absoluta de la independencia española.


Ésta es la realidad: guerra de invasión, ataque directo a la independencia de España.

Y este hecho nuevo, en virtud del cual la personalidad o la representación militar, política y moral de los rebeldes pasa un poco a segundo término y aparecen en primera línea otros valores más importantes y más graves, crea para todos los españoles, incluso para los rebeldes, un problema, un problema de conciencia.

A mí no me cuesta ningún trabajo ser generoso con nuestros enemigos-no me lo ha costado nunca; no me arrepiento-, y en esta corriente de generosidad llego hasta a suponer que en las filas rebeldes habrá muchas gentes ofuscadas por la pasión política, por fanatismo de partido, por obediencia mal entendida, por un compañerismo llevado a extremos abusivos y perniciosos; pero me cuesta mucho trabajo creer que entre las tropas rebeldes no haya muchos que hayan sentido sonrojo de españoles cuando de su rebeldía se ha hecho llave para abrir la puerta del territorio nacional a los ejércitos extranjeros. (Nutridos aplausos.)


Me cuesta trabajo creer que entre los militares rebeldes, delincuentes contra el Estado-no vamos a disimular la gravedad del delito-, rebeldes contra el régimen, olvidados de la disciplina; me cuesta trabajo creer, digo, que entre esos militares no haya muchos a quienes les repugne y les horrorice ser delincuentes contra la esencia viva de nuestra patria.

Me cuesta trabajo creerlo, porque siempre he fiado en la eficacia del sentimiento del pundonor, aunque se extravíe, llevándonos a los extremos de la rebelión que estamos viviendo.

Rebelarse contra un Gobierno, rebelarse contra el Estado legítimo, estoy dispuesto a encontrarlo, no legítimo, pero natural. Lo que es antinatural es facilitar la invasión de la patria. Éste es el problema moral que se crea para los rebeldes por el hecho mismo de su acción, dejando entrar en España a ejércitos extranjeros.

Otro problema del mismo tipo se crea para otros muchos españoles que no han querido tomar parte en la contienda civil, que dicen que son neutrales, que por estas razones las otras, unas respetables, otras miserables, se creen superiores a la contienda que nos agita. Y yo digo a todos los españoles, altos o bajos, conocidos o desconocidos, dondequiera que estén: os permito, tolero, admito que no os importe la República; pero ¡que no os importe España! ¡Que no os importe la independencia de España! ¡Que podáis creer que es lícito seguir siendo neutrales cuando España está invadida y en peligro de que pase al dominio de un país extranjero! Eso no puede ser. Esa neutralidad equivale a la traición. Hay que llamarlos a todos, a todos, porque la bandera republicana ha adquirido el valor de la bandera de la independencia española, y quien no se agrupe en torno suyo y no preste el auxilio que pueda, donde sea, falta a su deber; no ya a su deber de republicano, sino a su deber de español.(Muy bien. Aplausos.)

Nuestros fines de guerra

Existe el peligro de que lleven los acontecimientos a un Choque Armado entre ciertos países (II Guerra Mundial). Porque la Invasión de España y la disputa por su posesión es la ruptura del Sistema de Equilibrio en Europa, y esta ruptura se hace en contra de las potencias que, fiadas en nuestra amistad, han podido mirar sin perturbaciones ni preocupaciones la situación hasta ahora.

El Pueblo Español tiene motivos para ser enemigo de las aventuras internacionales y de las guerras, siendo en lo único que hemos estado de acuerdo todos, en las últimas décadas, para mantener nuestra posición neutral. La debilidad militar de España y su voluntad de neutralidad han sido fundamentales en este sistema de equilibrio.

Nosotros no somos el objetivo principal de la ruptura, ni la posesión de las riquezas y puertos españoles necesitan enarbolar una bandera extranjera, para ser dominadas ni repartirse el territorio nacional, para estar sometido a un yugo extranjero; la posesión de todo esto mira a otro objetivo superior, del cual nuestra situación pacífica y de desarme nos ha salvaguardado.

Y esto es el peligro de guerra. Nos basta señalar el mapa, marcar los acontecimientos y que los demás saquen las consecuencias. Si el equilibrio se rompe en Europa, meditemos por que se rompa a favor nuestro, como quiera que sea, porque a un país no se le cierra todavía ninguna de las rutas que se abren ante él.

Este sistema fue ventajoso para la paz y la guerra en el año 1914. ¿No podría jugar otra vez? Si España fuese una gran potencia militar, el equilibrio estaría roto.

¿Se puede romper de otra manera? Lo temo, y la sabiduría de quienes gobiernan los destinos de Europa se dará cuenta de que la lealtad, la fidelidad del desarme nuestro tiene un valor; pero puede tener otro, que es el rearmamento de la nación española. (Muy bien.)

No pienso que nuestra guerra, al convertirse en guerra general, pueda sernos ventajosa, porque la guerra, de por sí, es una catástrofe, y la guerra general, si por Ventura llegara a estallar, dejaría sumidas las aspiraciones y la causa española por debajo de las grandes contiendas del mundo europeo y correríamos el peligro de que aun ganando la guerra, se resolviese por razones y motivos ajenos a nuestro corazón de españoles y republicanos. El valor justo de nuestra causa no debemos envolverlo como factor internacional en pleitos que al fin y al cabo no nos importan. La República y sus Gobiernos ni favorecen ni aconsejan llevar a una conflagración general, y han hecho lo posible por evitar un choque europeo. Se habla de limitar la guerra para que no traspase el conflicto armado las fronteras españolas. Limitarla y extinguirla es acabarla y restablecer la paz en España.

Para esta limitación no tenemos acción ninguna. Si los peligros provienen de otros pueblos, trayendo sus ejércitos con miras superiores a la propia causa española, no tenemos medios naturales para evitarlo. Corresponde a otros limitar la guerra y restablecer el Derecho internacional, escandalosamente violado en nuestro suelo, y tomar las precauciones necesarias, para que los peligros de la guerra que perjudican nuestra causa, se suspendan. ¡Ah! Para extinguir la guerra no tenemos más procedimiento que continuarla: derrotar a los rebeldes y después veremos si los dudosos, realistas o reacios, acaban por reconocer que tenemos razón. (Risas.) Para limitar la guerra, el Gobierno de la República ha hecho sacrificios en su derecho, prestándose a inspecciones sobre importación de armas. Hemos transigido con reservas y condiciones; pero hemos transigido en principio; mas para limitar y extinguir la guerra no admitimos que se dude ni caiga la menor sombra sobre la autoridad de la República, sobre la legitimidad del régimen, sobre la autoridad del Gobierno, ni sobre las representaciones del Estado oficial español. Sobre eso, nada. Primero perecer. (Los asistentes, en pie, prorrumpen en prolongados aplausos.)

Mi presencia en este sitio significa la continuidad del Estado legítimo Republicano. (Muy bien. Aplausos.) El Presidente de la República, el Gobierno responsable en funciones y las Cortes, son los órganos supremos y la representación de la República, y sobre estas entidades ni una mancha ha de caer. (Grandes aplausos.)

Pero nosotros, es decir, el Estado y el pueblo español, no nos batimos sólo por el concepto formal del Derecho, del Estado, no; hay el contenido apasionante, patético, arrancado del corazón, que es el objeto de la contienda; nosotros nos batimos por la unidad esencial de España, por la integridad del territorio nacional, por la independencia de nuestra patria y por el derecho del pueblo español de disponer libremente de sus destinos. (Muy bien. Aplausos.)

Oigo decir que nos estamos batiendo por el comunismo. Es una enorme tontería, si no fuese una maldad. Si nos batiésemos por el comunismo, se estarían batiendo solos los comunistas; si nos batiésemos por el sindicalismo, se estarían batiendo solos los sindicalistas; si nos batiésemos por el republicanismo de izquierda, de centro o de derechas, se estarían batiendo los republicanos. No es eso, nos batimos todos, el obrero y el intelectual, el profesor y el burgués —que también los burgueses se baten—, y los sindicatos y los partidos políticos, y todos los españoles que están agrupados bajo la bandera republicana; nos batimos por la independencia de España y por la libertad de los españoles, por la libertad de los españoles y de nuestra patria. (Grandes aplausos.)

Nos difaman en una campaña en el orden político, fuera y dentro de España; nosotros, señores, no exportamos política, pero tampoco importamos política extranjera, ni la admitiríamos, ni nos la han pedido ni lo deseamos, y puedo declarar por mi función, que la República española no tiene compromiso político con ningún país del mundo. (Muy bien, grandes aplausos.)

El Ejército nacional es el que asiste al Gobierno legítimo de la República

¿Es que cuesta tanto trabajo comprender el impulso nacional de un pueblo, que no quiere dejarse poner una argolla? ¿Pero tan extraño se ha vuelto para muchos españoles el concepto de libertad y de dignidad humana, y de la dignidad nacional, que les parece inverosímil batirse por algo que no sean los intereses de clase o la ideología de un partido? Pero y el sentimiento propio del hombre libre y el galardón de español, ¿no bastan para hacerse matar en las trincheras?

Oigo hablar de un movimiento nacional, que es como creo que califican su acción rebelde los autores de la rebelión. Un movimiento nacional, ¿puede existir si empieza por secuestrar la libertad de la nación? Yo estimo que un movimiento nacional sería irrefrenable en cualquier sentido que se pronunciase, si tal fuese el movimiento: nacional. Pero para que haya un movimiento nacional lo primero que tiene que haber son nacionales libres para manifestarlo. Y un movimiento político que mueve una guerra y se proclama nacional no tiene más que someterse a la prueba de dejar a sus súbditos, a sus esclavos, a sus dominados, que digan lo que piensan y lo que quieren. ¡Ah! ¡Si dicen que quieren la dictadura militar, yo me comprometo a suscribirla, porque estoy seguro de que poquísimos españoles votarían en favor de la dictadura militar! Entonces, ¿a qué obedece ese movimiento nacional? El movimiento nacional está aquí, en donde alienta el pueblo libre, asistiendo al Gobierno legítimo de la República en su tremenda empresa. No he visto ningún desfallecimiento.

A nadie se le ha obligado a combatir, a nadie se le ha obligado a abrazar la bandera de la República. ¿Pueden decir lo mismo los que ostentan este apelativo de movimiento nacional? Supongo que no. Sobre esta base de unión del pueblo español en defensa de sus libertades esenciales de hombre y de las libertades y de la independencia de su patria es sobre la que está asentada esta enorme coalición de las fuerzas políticas y sociales y de Gobierno en defensa de España. Yo estimo que esta coalición y esta unión deben continuar, por lo menos, hasta la paz; por lo menos hasta la victoria. Quisiera que después también, porque cuando se acabe la guerra y haya forzosamente que prestar atención a una porción de problemas que ahora no están más que latentes, nos va aparecer la guerra cosa de juego y los problemas de entonces serán mucho más difíciles y graves, con ser tan terrible el problema de la guerra misma, y para entonces será necesaria también la cohesión de los españoles y el espíritu de abnegación y sacrificio que hoy por hoy reina entre todos vosotros.

Hay que hacer una política de guerra, que no tiene más que una expresión: disciplina y obediencia al Gobierno responsable de la República; todos los demás métodos son malos, menos uno: el que conduce a la victoria. La guerra se gana con un Ejército bien organizado; a pesar de todos los adelantos de la mecánica y de la industria, el factor decisivo es el hombre, el soldado, el combatiente. El factor que más nos importa es el factor moral.

También en la retaguardia es necesario el espíritu de obediencia y disciplina, en ningún caso de irresponsabilidad en los que mandan, sino en el reconocimiento de las autoridades que, mientras gobiernen y funcionen, responden de la dirección del país.


"La paz no se puede conseguir sin sacrificios"

Elogió a los combatientes que se hacen matar en las trincheras y que son los jueces de nuestra conducta. Rinde un homenaje a los combatientes de Madrid, que han asumido una representación excelsa, y tiene palabras de encendida emoción para evocar sus monumentos y tesoros de arte, arrasados en llamas. "Este martirio da una grandeza moral, que en España no se había conocido hasta ahora. (Prolongados aplausos.) Allí pasa lo más grande de la Historia contemporánea de España. Madrid ha ganado la capitalidad moral de los españoles. Madrid es el símbolo del pueblo y de sus ruinas saldrá una nueva capital y de las ruinas del país saldrá una patria nueva."

Habla del porvenir de España y cree que de esta tremenda conmoción saldrá el pueblo liberado y redimido de la tiranía. "Hay que combatir cualquier tiranía una. otra vez y siempre." Asegura que el pueblo tiene la grandeza moral para no someterse jamás a la sinrazón de la ametralladora ni a la dictadura de la pistola. "Vuestro actual Presidente —o simple vecino de Madrid—, en ese combate será un soldado de filas; cuando venga la paz y la alegría nos colme a todos, a mí, no. En el sitio que estoy no se cosechan en estas circunstancias más que sufrimientos y torturas, como español y como republicano.


Hemos cumplido el terrible deber de ponernos a la altura de este destino.

La paz y la victoria serán impersonales: victoria de la ley, del pueblo y de la República. No será el triunfo de un caudillo; la República no los tiene ni los quiere. La victoria será impersonal; no será el triunfo de los partidos y organizaciones. Será el triunfo de la libertad republicana, de los derechos del pueblo, de las entidades morales, ante las cuales nos inclinamos. No será un triunfo personal, porque cuando se tiene el valor de español que yo tengo en el alma, no se triunfa personalmente contra compatriotas. Y cuando vuestro primer magistrado erija el trofeo de la victoria, seguramente su corazón de español se romperá, y nunca se sabrá quién ha sufrido más por la libertad de España." (Grandes aplausos y vivas a la República. Todos los asistentes, en pie, ovacionan largo rato al señor Presidente de la República.) 
Discurso de Manuel Azaña el 21 de enero de 1937 en Valencia
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