Eduardo Calvo García: Federalismo y Laicidad

Federalismo y Laicidad
FEDERALISMO Y LAICIDAD

Eduardo Calvo García | Unidad Cívica por la República (UCR)

¿Será posible una República en España? ¿Será posible que los españoles se den una Organización política libre, estable, pacífica y duradera? ¿Será posible que los españoles se otorguen ellos mismos como seres individuales o Ente colectivo un sistema político democrático consolidado? ¿Será posible que los españoles algún día dejen de esperar a un Mesías que les libere de sus problemas? ¿Será posible que los españoles rechacen a los Mesías? Ardua Labor.

Todo será posible, si la voluntad de una amplia mayoría de la sociedad española así lo desea y decide. Pero el problema con que nos encontramos es que esa mayoría no existe, y no existe ya, porque nos hayamos inmersos en una situación que claramente lo evidencia; durante décadas; muchas décadas; bastantes más de las deseadas a los españoles muy pocas personas les han explicado que es una República. Desde UCR lo estamos haciendo en el único sentido que nos pueda conducir a la consecución de esa necesaria mayoría social republicana que pueda y quiera proclamar la III República Española. La que pretendemos en UCR es la República federal y laica y en ello vamos a poner todo nuestro empeño. Pero esta pretensión que en UCR es mucho más que un deseo, nos va llevar a tener que hacerlo con una claridad tan meridiana, que nos va a conducir a creamos enemigos, no solamente en el campo monárquico católico, también en el sector de los que se denominan republicanos; sí, el de esos que llevan décadas sin conseguir conciencias republicanas porque ellos mismos no la tienen, porque no saben lo que es una República. Dicen ser anti franquistas, ateos, cristianos, agnósticos, ácratas, laicos, azañistas, socialistas, comunistas, anarquistas, federalistas, unitarios, liberales y un largo etc. Los hay hasta que dicen ser de izquierdas sin saber que lo que verdaderamente son es de derechas. Con estas filiaciones ciertamente válidas en una República van por el mundo propagando su republicanismo, pero a su manera cada uno por su lado pretendiendo por separado una República a su medida. Cada palo que aguante su vela.

En UCR todas las filiaciones mencionadas anteriormente nos parecen tan dignas que las vemos a todas sin exclusión como ideales sublimes para la democracia y la República en si misma. Hemos hecho algún escarceo para tratar de cohesionar, no las ideas, a los individuos supuestamente portadores de ellas; hemos desistido después de algunas conversaciones porque con la muestra de dos o tres personajes autodenominados republicanos ha sido suficiente. Viendo la analítica de los mencionados no nos ha gustado nada la orina de los enfermos, no sabemos si tienen cáncer o un tumor benigno pero si sabemos que están muy malitos, quedándonos al respecto una pequeña esperanza en sus recuperaciones si ellos solos ponen algo de su parte. Si se tienen que operar que se operen, pero lo van a tener que hacer voluntariamente si se quieren apuntar como músicos a la gran orquesta sinfónica que deben ser los redactores del proyecto de Constitución republicana; pero ojo, en una orquesta sinfónica donde cada músico toque su instrumento armoniosamente cuando la partitura se lo indique. Lo que no es posible, es que todos los músicos quieran ser solistas y cuando no directores de la orquesta. El proyecto de Constitución republicana, tiene que ser comparándolo con la música, el arte de bien combinar los sonidos con el tiempo; los sonidos los producen los instrumentos por medio de su ejecutores y los tiempos los marca el director de acuerdo con la partitura. Músicos sí hay lo que no hay es director y hasta que este no aparezca la orquesta tiene que tocar y salirle una sinfonía impecable. El director aparecerá cuando escuche a la orquesta y esta suene como deben sonar los buenos grupos musicales; armoniosamente. Todos los que estén fuera de la orquesta armoniosa que deben ser los redactores del proyecto de Constitución republicana, estarán haciendo ruidos inconexos en una charanga pueblerina, una murga de carnaval, una rondalla de parroquia o en una tuna en las que la mayoría de sus componentes, solo sabe tocar de oído. Si lo primero, entonaremos el Aleluya. Si lo segundo, lo que sonará será Paquito el Chocolatero. Hay que elegir queridos amigos.

Nosotros desde UCR vamos a seguir llamando a la puerta de los que se dicen republicanos con nuestra propuesta republicana y la mano tendida para aquellos que la quieran analizar y discutir, siempre que los que lo deseen hacer nos presenten la suya. Si se diera el caso de tener que analizar dichas propuestas, la nuestra y las ajenas, los nombres de las personas que tengan que hacerlo a nosotros nos tiene sin cuidado, lo que si exigimos es que estén cualificadas para hablar de política, pero de política republicana de futuro, concretamente de la III República española, federal y laica. Consideraremos que si no se nos ofrece alguna propuesta republicana por parte de los llamados republicanos será porque no la tienen.


REPÚBLICA FEDERAL:

Nuestra propuesta republicana está perfectamente explicitada en el documento que les adjuntamos. Lo relacionado con el federalismo y la laicidad lo vamos hacer en el presente documento significándoles claramente que lo hacemos también a manera de propuesta.

Glosario:

Reverendo Abad Mitrado de Montserrat, Dom A. M. Escarré:

(... ) Es diu que els catalans són separatistes. Una gran mayoría deIs catalans no són separatistes. Catalunya és una nació entre les nacionalitats espanyoles. Nosaltres tenim un dret com qualsevol altra minoria, a la nostra cultura, a la nostra historia, als nostres costums, els quals tenen personalitat própia al si d'Espanya. Nosaltres som espanyols, i no pas castellans.

Don Miguel de Unamuno:

(... ) España es una nación de naciones, una renación. Si no estuviera tan desacreditada la palabra diríamos que un imperio. Conformémonos con llamarla una República o una Federación.

Proudhon y Pí y Margall:

(...) Hay, señores, en el mundo, dos principios que se contradicen mutuamente, que están en perpetua lucha y, precisamente por estarlo, engendran el movimiento político. Estos dos principios son la autoridad y la libertad. La monarquía ha sido la más viva encarnación del principio de autoridad. Y en las monarquías, la natural tendencia de la autoridad a absorber todas las funciones del cuerpo social, va socavando y destruyendo, ya la autonomía de la provincia, ya la del municipio, ya la del ciudadano, hasta dejar en lo posible la libertad anulada y la autoridad omnipotente.,

(...) La República federal, en los estados unitarios, ya constituidos y centralizados, supone rehacer el proceso histórico y reformar la estructura interna de la comunidad política, restaurando la libertad y la autonomía de sus elementos: hombres, ciudades, comarcas y países o naciones. La federación sin autonomía es el unitarismo. La autonomía sin federación es el secesionismo.

Don Joaquín Costa:

(...) España no es una unidad homogénea ni menos abstracta, sino diferenciada en miembros que son unidades vivas a su vez. Y cuando queremos dar realidad legal a esos miembros en que está diferenciada la vida española, se nos dice: vais a desmembrar la patria. Yo contesto que desmembrar la patria es cercenar sus miembros. Si hacéis un Estado tan absoluto que todo es tronco, desprovisto de miembros, entonces habréis desmembrado la patria; pero si hacéis un Estado libre en cuyo tronco robusto se enlacen armónicamente, con vida y movimiento propios, esos órganos y miembros que constituyen la comunidad española, y que son sus regiones, entonces lo que habréis hecho será enmembrar el Estado y remembrar la patria.

Don Fernando Valera Aparicio (**):

(... ) No nos engañemos: autonomía es self-govemment, capacidad de gobernarse a si misma. Nomos significa en griego más bien norma o ley que autoridad. El que no puede darse la ley, en la esfera de su propia competencia, no es autónomo, ni libre, sino súbdito.

(...) La federación, lo repito, no es el mero proceso histórico de integración de las pequeñas comarcas para formar dilatados imperios, reinos o repúblicas; no es un fenómeno de devenir, en el tiempo, de lo vario a lo simple; sino una nueva forma de coexistencia con arreglo a la cual las distintas esferas de acción de los elementos federados se ínter penetran sin anularse, se agrupan sin destruirse, se afirman como un todo sin que se nieguen como partes. La federación tal como la expuso Don Eduardo Benot, no es una cosa del pasado, sino una proyección hacia el porvenir; es la rectificación del proceso político que, partiendo del principio de autoridad en que se fundó la monarquía, se orienta hacia el ideal de libertad, que es a la vez método y meta del federalismo.

(... ) Pero es que además del plebiscito de la sangre hay el plebiscito de los votos. Mucha gente olvida, cuando hablan con injustificado menosprecio del sistema de Estatutos regionales, que la gestación y promulgación de los mismos constituyó un plebiscito en que los pueblos catalán y vasco, únicos que tuvieron la ocasión de hacerlo, se autodeterminaron, y que ese plebiscito expresó la casi unánime voluntad de los pueblos autónomos de seguir enmenbrados a España, bajo el amparo y mediante el acatamiento de la Constitución de la República.

(...) Tengo a la vista el texto del Estatuto de Autonomía de Cataluña cuyo artículo 1° dice: Catalunya es connstitueix en regió autónoma dintre de l’Estat espanyol de conformitat amb la Constitución de la República i el present Estatut. He ahí la última voluntad expresa de la nación catalana. Los que hablen de independencia en el sentido secesionista de la palabra, podrán manifestar una opinión personal, pero evidentemente no tienen derecho a asumir la representación del pueblo soberano de Cataluña. Este se ha autodeterminado en el plebiscito de las urnas, y en el de la sangre, y en ambos afinó su voluntad de constituirse como país autónomo sí, pero dentro del Estado español y de conformidad con la ley republicana.

(...) La idea federal, no se funda sólo en la tradición, sino en la realidad presente y en la tensión creadora hacia el futuro de los países o pueblos que aspiran a la autonomía. Bien está que nos ocupemos de estudiar las libertades, fueros y estructuras sociales de nuestros pueblos en épocas pretéritas; pero mi federalismo no es arqueológico ni tradicionalista, sino viviente, y no se funda en lo que Castilla, Cataluña o Aragón fueron en la Edad Media que pasó para no volver sino en lo que cada pueblo es hoy, en la conciencia viva que posea de su personalidad política y en el vigor con que la proyecte hacia la forja de su porvenir.

(...) ¡La disolución de la patria! ¿Son, pues, tan débiles los lazos que nos unen que baste a romperlos o desatarlos un simple cambio de base en la organización del Estado? Si las naciones no tuviesen otra fuerza de cohesión que la política, después de los graves sacudimientos porque han pasado en lo que va del siglo, estarían ya todas deshechas. Resisten y viven porque las sujetan vínculos cien veces más fuertes: la comunidad de historia y de sentimientos, las relaciones civiles y los interese económicos. Por fortuna para todos, la política apenas hace más que agitar la superficie de las sociedades. Si la agitación llegase al fondo, ¿qué no sería de los pueblos?

(... ) Otra objeción, igualmente inane, que se opone a la idea de la República federal es la de la mayor eficacia del gobierno unitario y centralizado. Si el principio fuera cierto, habría que volver a la monarquía absoluta y electiva, que -esto y no otra cosa son en la práctica las republicas en que todos los poderes se concentran en una sola persona, sin estar debidamente equilibrados y compénsados por otras instituciones. Si creyera yo que la más excelente cualidad de un gobierno es su estabilidad y continuidad, entonces optaría por la monarquía absoluta y hereditaria, aunque no ignore la sentencia de Rousseau según la cual el destino de los pueblos que la padecen es llegar a ser gobernados un día por niños, por monstruos o por imbeciles. La historia de España nos brinda una triste confirmación del tríptico rousseauniano, a veces concentrado en la persona de un mismo Rey. Con los gobiernos acaece lo que el Arcipreste de Hita decía en elogio de las mujeres pequeñas: que siendo necesariamente la mujer un pecado la más chica es la mejor.

(...) Son evidentes los plebiscitos de sangre acaecidos en España durante la guerra de independencia cuyo exponente máximo fueron las Juntas municipales en un Estado disuelto y con el Rey y su corte a merced de Napoleón en tierra extranjera. El ejemplo se repite sobretodo en 1936. Una vez más el Estado central se desmorona al producirse la guerra civil y la revolución social; una vez más, de la entraña popular, brotan espontáneamente los Comités y las Juntas que llenan a su manera el vacío producido por el derrumbamiento del Gobierno, y una vez más vemos a los comités de Levante enviando afanosos a Extremadura y Madrid víveres y soldados, y a las milicias de Cataluña precipitándose hacia Aragón, como si un infalible instinto de la historia les revelara la unidad de destino de todos los pueblos de España que juntos habrían de conquistar la libertad y el honor de todos, o juntos habrían de padecer un cuarto de siglo (1962) de vilipendio y tiranía.¿Cómo después de estos plebiscitos de sangre, puede nadie dudar de la vocación de los pueblos de España a constituir una comunidad política, cualesquiera que sean las reivindicaciones de cada uno de ellos para afirmar su propia personalidad histórica? Madariaga ha dicho que para poder darse a Europa, España necesita poseerse a sí misma; pues de igual manera, cada uno de los pueblos o naciones hispánicos quiere ser él mismo, para enmembrarse con plena dignidad en la renación española.

(...) Anticipo que yo no rindo culto a la fuerza ni padezco la superstición del poder. Ya he dicho anteriormente que antepongo en el orden de mis preferencias la libertad a la autoridad, el hombre y el pueblo al Estado, y que no identifico sociedad y Estado. Un Estado fuerte y rico puede medrar sobre un pueblo miserable, hambriento y esclavizado. y a la inversa, un Estado débil y modesto puede presidir los destinos de una sociedad libre, rica y venturosa.

(...) Las regiones no pueden hoy federarse de una manera espontánea, como imaginaba Rousseau y sostenía Pí y Margall, con la misma soltura con que pactan los hombres de negocios cuando han de constituir una sociedad mercantil, por la sencilla razón de que están vitalmente federadas por la historia. España no es sólo una realidad voluntaria y consciente, que quiere seguir siendo una comunidad política por acuerdo expreso de las regiones integrantes; no, España es, además, una realidad vital trabada por los siglos de historia, por tradiciones seculares, por recíprocas dependencias económicas, por afinidades del alma, que, al calor del convivir, fueron creando un como espíritu colectivo de cuyas virtudes y defectos todos los españoles por igual participamos. Los lazos que nos unen son superiores a la voluntad disgregativa, si la hubiera, porque el alma social de cada español está entrelazada por la vida y por la historia, aun sin tener clara conciencia de ello, el ser colectivo que se llama España.

(...) Los particularismos, sean centrípetos, sean centrífugos, son atalayas demasiado a ras de tierra para que permitan contemplar con amplias perspectivas problemas que sólo pueden ser oteados desde las altas almenaras de la fraternidad universal. Pero es que hay particularismo s y particularidades, y el centrípeto o centralista, disfrazado impropiamente de castellanismo, no es ciertamente el más apto cuando se trata de interpretar y resolver el problema de la indiscutible diversidad e ineluctable unidad de las nacionalidades ibéricas.

(...) A su vez el particularismo centrífugo, que a veces se enmascara de catalanismo, insiste solamente en el "hecho diferencial" de que hablara Cambó, y es una desmesurada inclinación a contemplar las cosas de España desde sus diferencias, desde su periferia, olvidando el "hecho federal "que ha entrelazado a las diversas nacionalidades históricas de la Península en una comunidad trabada por lazos indisolubles de ideales, sentimientos e intereses.

(...) Somos españoles libres y por eso pedimos una Cataluña, una Andalucía, una Castilla, una Euskadi libres; Cataluña, Andalucía, Castilla, Euskadi y los demás pueblos ibéricos, eso y no otra cosa es España. Haya mi juicio en ese criterio un error mayúsculo de falta de perspectiva. España es algo más que la mera suma de los pueblos ibéricos, de la misma suerte que el mosaico es más que el simple amontonamiento de sus piedras, es una armonía y distribución ordenada de ellas, por razón de la cual, del montón de piedras, surge el arte maravilloso de su conjunto. 

(...) He dicho que existe otra forma de particularismo centralista y absorbente que impropiamente se identifica al castellanismo, no menos desconocedor de la realidad española: es el particularismo de los que "aborrecen todo lo que ignoran", las variedades geográficas, históricas, tradicionales, económicas, idiomáticas y hasta religiosas de las regiones, nacionalidades o pueblos ibéricos. Es el particularismo de los que imaginan que no hay otro modo de ser español que el suyo, uniforme, egoísta, simple. Un solo idioma: -el suyo. Una sola religión: la suya, por lo general además absurdamente interpretada e insuficientemente conocida. Una sola ley: la de ellos. Es el particularismo absolutista, implacable y uniforme que expulsó a moros y judíos de la tierra espaftola, abrió entre Portugal y el resto de la Península el abismo de una incomprensión perdurable, provocó la pérdida de las provincias de ultramar y desmembraría definitivamente, si prevaleciera, los jirones que aún sobreviven de la gran España, a fuerza de querer amarrarlos al poste de su egoísta cerrilidad.

Es el egoísmo cerril e incomprensivo de los5eparadores. Porque hay separatistas y separadores. Unos que quieren que todos sean, a la fuerza, como ellos son: zoquetes, simples, autoritarios, y éstos, por intolerantes e incomprensivos, separan a los demás. Y hay otros que desean separarse de los que no les comprenden, cansados de intentar darse a conocer sin conseguirlo, tal vez porque no supieron presentarse a sí mismos como realmente son. Separadores y separatistas, por igual, desconocen la comunidad española; pero más peligrosos me parecen, por más cerrados y cerriles, los primeros.

Proclamar el carácter dogmático del centralismo unitario como única manera legítima de españolidad vale tanto como separar del corazón de España a quienes no por ser de otro modo dejan de poseer una naturaleza tan española como la nuestra. Así se ha llegado al absurdo de que ciertas minorías exaltadas de patriotas lleven la superstición nacionalista hasta el extremo de proclamar tabú el uso de la palabra España, porque se consideran conquistados y dominados por ella. Llamo superstición absurda, en primer lugar porque geográfica e históricamente no existe otro vocablo que España o las Españas para designar el conjunto de pueblos que se extienden allende el Pirineo hasta la linde de los mares.

(...) Cada uno de nosotros, hombres o pueblos, no es toda la patria. Es preciso que nos acostumbremos a elevar el punto de mira más allá de los particularismos, si es que de veras queremos conocer, interpretar y enmembrar a España. Puede contemplársela desde el centro o desde la periferia; pero, para conocerla como ella es, hay que aprender a contemplarla también desde ella misma, que ni es toda centro ni toda periferia; sino ambas cosas, más el círculo dilatadísimo de civilización que trazó, al girar en los ámbitos de la historia humana, el radio espiritual que los ha unido. Hay que contemplar a España desde España misma.

(**) Don Fernando Valera Aparicio, fue Diputado en las Cortes constituyentes de la II República, Diputado en 1936, Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la II República española en el exilio en diferentes épocas.


LAICIDAD:

El más grande obstáculo con que los republicanos españoles nos vamos a encontrar es sin ninguna duda la Iglesia católica apostólica y romana. Pero no debemos perder de vista al Islam al que el Gobierno del PSOE ha incluido en los presupuestos generales del Estado en lo referente a la enseñanza de dicha religión en la escuela pública. Tampoco es conveniente olvidar que las demás religiones se querrán apuntar al rebufo benefactor que los dineros públicos proporcionan.

Los Partidos dinásticos españoles, no tienen más remedio que tragarse el sapo de la religión, ya que respecto a ella y sus privilegios, firmaron un cheque en blanco al aceptar la Constitución de 1978.

En este sentido a la hora de redactar el proyecto de Constitución de la lII República española no se debería actuar con cautela, se deberá ejercitar al explicitarlo la condición laica del Estado republicano con una claridad tan meridiana que no exista el mínimo atisbo de duda para la aplicación de la misma.

La laicidad es incuestionable en una sociedad republicana al encuadrarse en esta todos los aspectos políticos, sociales y económicos de un Estado como tal radicalmente democrático. La laicidad no puede ser parcelada, ella debe ser aplicada en su totalidad sobre los mencionados campos de la sociedad descritos sin ningún consentimiento porque en ello va su propia existencia, la de la democracia y la de la misma República.

Metafóricamente a la Iglesia católica apostólica y romana hay que compararla con una bestia; con un rinoceronte; fiera tan grande, poderosa, furibunda e inteligente que es imposible dominarla haciéndole cosquillas. Hay que caer sobre el potente mastodonte cubriéndole en su totalidad con la gran red democrática que significa la laicidad. Si se la deja un resquicio por el que pueda zafarse, se revolverá contra la laicidad, la democracia y contra la República misma.

No se puede ser ni simple ni simplista dejando de reconocer que el asunto tiene demasiadas implicaciones en la política y sociedad españolas. Pero hay que reconocer, aceptar y asumir que ha llegado el momento de coger al toro por los cuernos y empezar a trabajar para emancipar a los españoles del vilipendio clerical. Las gazmoñerías en este terreno no sirven; los tibios y timoratos tampoco.

En primer término se debe alejar de nuestras mentes la vana pretensión de afrontar el problema religioso, el más complejo y trascendente de todos los de la humanidad. El tema sería tan extenso y profundo que resultaría inacabable e inútil su simple consideración; sobre todo si de lo que estamos hablando es de política. Los políticos de inclinación laica, en público, jamás discuten de religión; hablan de política. La fe es solo una cuestión de creyentes y de herejes. 

¿Porqué separar la religión de la política; la Iglesia y el Estado? ¿Qué inconvenientes hay para oponerse a que aparezcan unidas ambas instituciones? Inagotable sería la relación de los prejuicios que la confusión de ambas esferas de actividad humana ha irrogado a la humanidad, a la fe y a las naciones. Para advertir el absurdo que entraña semejante unión basta reparar en la naturaleza misma del Estado y de la Iglesia.

El Estado es una institución necesaria, porque al nacer el hombre se encuentra necesariamente sujeto a una sociedad política, de la cual sólo puede liberarse si se extraña de su patria, para someterse a otro Estado en tierra extranjera. El hombre no puede eludir la sumisión al Estado como no sea convirtiéndose a la vida eremita, lejos de todo contacto con la sociedad humana. Por otra parte, el Estado es una institución temporal cuya característica es el Poder, la soberanía, el imperio. Es obligatoria para todos la voluntad del Estado, la ley, lo mismo si nos agrada que si nos disgusta, bajo la coacción de las penas aflictivas que siguen a la desobediencia. El Estado tiene, además del Poder, la fuerza material para imponerlo, porque su autoridad es exterior.

La naturaleza de la Iglesia es -exactamente todo lo contrario. La Iglesia -es (debería ser) una sociedad de voluntad. No se nace obligatoriamente en ella, toda vez que para ingresar se necesita una condición previa: tener fe. Así como el Estado puede imponer la ley, porque la ley se refiere a relaciones externas entre los ciudadanos, la Iglesia no puede imponer el dogma, puesto que su aceptación depende de la luz inmaterial de la fe. Las armas propias de la Iglesia son (deberían ser) la palabra, el adoctrinamiento y la catequesis. Nada tan voluntario como la religión (dijo san Pablo).

La laicidad vino a producirse para discernir los innumerables inconvenientes de la unión de ambas esferas, naturalmente, incongruentes: la del imperio de la ley externa entre los seres humanos y la de las creencias basadas en la fe ciega en lo desconocido, en lo arcano; concretamente, en los dogmas.

Pero la laicidad aunque se inhibe, en el sentido religioso, de todo pensamiento dogmático nunca ha caído ni va a caer en el error de perseguir o querer desarraigar la religión del alma humana porque se lo impide su propia naturaleza igual que no acepta el error de imponer una religión a quien no la quiera aceptar.

Laicidad no quiere decir libertad de culto; laicidad no significa libertad religiosa. La laicidad permite el derecho a creer o no creer en Dios. Dentro de un Estado republicano laico la esfera pública está perfectamente diferenciada del ámbito privado. Ningún grupo, secta o confesión podrán ser favorecidos en ningún aspecto y menos económicamente por ninguna institución, Ayuntamiento, Estado federado o Estado federal Los pilares de la laicidad son la absoluta libertad de conciencia y la separación de de las Iglesias y el Estado.

La laicidad como pensamiento emancipador incide principalmente -en la Escuela de la cual tienen que salir los ciudadanos libres de todo pensamiento dogmático, ya religioso, ya político o económico. La Instrucción en una República democrática debe ser esencialmente pública, obligatoria, laica y a cargo del Tesoro Público.

Y se dice esencialmente pública porque en una sociedad democrática el Estado no debería tener, por lo delicado del asunto, la exclusividad de la Instrucción. Cualquiera persona o grupo puede establecer una escuela, pero ajustándose estrictamente en lo referente a las cuestiones científicas y humanísticas que marquen las leyes republicanas. Los títulos, licenciaturas, diplomas y honores, siempre serán otorgados, previo examen oficial, por el Presidente de la República en nombre del Pueblo. Ninguna escuela que esté fuera del circuito de la Instrucción Pública, como particular, podrá ser subvencionada por las Instituciones republicanas del Estado. Yendo más allá en esta cuestión de la instrucción particular, se deberá explicitar con toda nitidez en las leyes republicanas relativas a la Instrucción, ya sea pública o privada, que ningún clérigo, monja o cualquier otro individuo, sobre todo componente de la Iglesia católica apostólica romana, no están habilitados para ejercer la labor de enseñantes porque voluntariamente han perdido la condición de hombres y mujeres libres al haber ejercido de motu propio, los tres Juramentos Canónicos de Pobreza, Obediencia y Castidad, incapacitándoles éticamente para instruir a futuros ciudadanos españoles libres. Los hombres y mujeres libres no quieren ser pobres; quieren y deben soñar; respetan las leyes de su Estado porque ellos mismos se las han dado, y desean practicar el amor carnal para gozar y mantener la especie humana. La III República española debería admitir en este aspecto y sin más trabas la apostasía exquisitamente contrastada. 

Pero todo lo expuesto anteriormente no se puede conseguir con simples leyes apriorísticas. Para disfrutar de un Estado laico lo primero que hay que crear son conciencias laicas y estas sólo se pueden conseguir mayoritariamente hablando desde las escuelas laicas y después de por lo menos dos generaciones. Minoritariamente y como embrión de la laicidad en España, nos tendremos que valer con los laicos que ya existimos. Tendremos en primer término que promover la idea fuerte de que hay que fundar las Escuelas Normales de donde tendrán que salir los enseñantes laicos, no solo enseñantes de niños, también de funcionarios civiles, militares y policiales.

* Eduardo Calvo es Vicepresidente de UCR.  Septiembre de 2005
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