Eduardo Calvo García: III República ¿Qué Hacer?

III República ¿Qué Hacer?
III REPÚBLICA ¿QUÉ HACER?

Eduardo Calvo García *

Deberíamos reconocer, que por la III República española está todo por hacer. Y una vez, mayoritariamente, admitida la evidencia, sería positivo sentar las bases para saber en qué y cómo vamos a utilizar nuestro tiempo y esfuerzo a partir del momento en que decidamos, si es que lo decidimos, que ha llegado el momento de dejar públicamente bien sentado, nuestro firme deseo de cambiar en España sus ordenamientos: político, social y económico, evidentemente monárquicos, por otros bien distintos, radicalmente democráticos de carácter republicano. 

No es que no se hayan dado los primeros pasos, la semilla está echada, pero para no dilatar más en el tiempo la obra comenzada, según mi modesta opinión, deberíamos reconducir el trabajo para tratar de ocasionar la mayor inquietud posible a la España reaccionaria; en otras palabras, para que se nos escuche; para que nos oiga, esa España rancia y casposa representada política y socialmente por la Corona, la Iglesia católica, el Ejercito, el Partido Popular y sus adeptos, incluidos los medios de comunicación a su servio, los cuales, todos unidos en una perfecta comunión absolutista, han hecho suya la idea, de que si ellos no gobiernan y mandan, como siempre en España, en este país es imposible vivir; sin que nadie les ponga freno y menos el PSOE.

Y lo expongo en estos términos, porque el reformismo y revisionismo en los que estamos inmersos, son conductas políticas retardatarias que no conducen a nada y mucho menos a alcanzar la meta a la que pretendemos llegar los republicanos. No es bueno seguir inmersos en el pasado que nos condujo a este presente, este presente, que no es nuestra obra, puesto que es la que heredamos de nuestros antepasados. El porvenir, la Revolución con sus nuevas libertades, experiencias y emociones que la acompañen, serán nuestra obra; obra, que por cierto, debería ser la razón de ser de nuestras vidas.

En este sentido añado sin recato, que la paciencia en política es una virtud que para nada sirve si los grandes proyectos pertenecen, sine die, al mundo de las abstracciones sin hacer posible que cristalicen en algo tangible para que el pueblo anhelante de libertad, igualdad y justicia los adopten como suyos.

España necesita una revolución en lo político, en lo social, en lo económico y hasta en los más mínimos aspectos de su vida cotidiana. España no debería ser diferente a los países de su entorno. España es un lugar en Europa donde las cosas se hacen, si es que se hacen, a contrapelo o al contrario que en los demás países. España es un territorio en el que millones de sus habitantes no se encuentran cómodos a causa de las conductas practicadas por ciertas muchedumbres adocenadas; masas perpetuadoras de unas costumbres ancestrales, que en nada se parecen a las habituales en otros pises de su área geográfica y cultural, en los que está demostrado que sus asuntos políticos, sociales y económicos, han funcionado y funcionan mejor; países que en su época habían entrado en la Modernidad; países que habían hecho su Revolución como es el caso de Francia, o países que habían adoptado las ideas revolucionarias emanadas de la revolución francesa. En España no solamente hay que cambiar la política. A España hay que darle la vuelta como a un calcetín. Cuesta trabajo entender cómo es posible que las masas de este país y en el siglo XXI, consientan un sistema político tan aberrante que comenzó a principio del siglo XIX con la coronación de Fernando VII, génesis y razón causa efecto de todos los vicios políticos, sociales y económicos por los cuales ha pasado y, según parece, si no se remedia, sin solución de continuidad. España es la finca particular de unos pocos donde desde hace muchos años, muchísimos, alguien mandó poner a los zorros al cuidado del gallinero; y en esas estamos.

A estas alturas de mi exposición no voy a incurrir en el simplismo de dar la solución al gigantesco problema. A lo que si me voy arriesgar es a comentar con cierta valentía política una evidencia histórica, que no por ello, se ha convertido en un deseo personal y sí en la realidad demoledora que ha impedido secularmente que en España nunca se haya alcanzado una verdadera democracia estable y duradera que la haya permitido entrar en la Modernidad.

En Francia, en tanto que país de referencia tocante a las más sublimes leyes civilizadoras, a finales del siglo XVIII y a pesar de las Monarquías europeas, especialmente la Española, a la Nobleza francesa, a la Iglesia católica, a los grandes labradores franceses y a los habitantes de la región francesa de la Vendée, que preferían vivir sojuzgados por la Monarquía que al abrigo de la República, a Luis XVI se le hizo bajar por las gradas del Trono para hacerle subir por las de la Guillotina.

Y mientras que en Francia esto había acontecido y transcurrida una década, otro Borbón, Fernando VII, prisionero de oro en el castillo de Valençay, adulaba al Emperador francés felicitándole por los triunfos militares de su magnifico Ejercito contra un pueblo inerme, el español, que estaba derramando raudales de su sangre generosa en defensa de unos derechos dinásticos que el Borbón español trataba de vender a escondidas por unas cuantas monedas a Bonaparte. Lo peor de todo es, que éste pueblo, el español, catequizado por la Iglesia católica y los detractores de la libertad, coronó en olor de multitudes al Borbón felón al grito de “vivan las caenas”, razones todas ellas, génesis y causa efecto, de lo que le ha acontecido y acontece a este pueblo, repito, el español, al que uno no sabe si calificar de infeliz, desdichado o estúpido.

Es muy posible que baste con romper a “puro martillazo” el hielo que mantiene congeladas las conciencias de los potenciales hombres y mujeres libres de este país y sugiero que para conseguirlo la vía más corta sea la de destruir los mitos que las tienen alienadas, sobre todo, los mitos de la tan injustamente ensalzada burguesía española.

Si se admite que a todas las monarquías, totalitarias o parlamentarias, las mantienen en pié las Iglesias, las oligarquías, las administraciones civiles y militares y las sociedades apesebradas y que a su vez, a las iglesias, oligarquías, administraciones civiles y militares y sociedades corruptas las alimentan las monarquías a base de privilegios (ya que de otra manera serían flor de un día) formando entre todas un entramado político, social y económico clientelar donde la practica común es el chalaneo político institucionalizado y el respaldo social generalizado a la corrupción, productora de millones de adhesiones inquebrantables, hay que precisar taxativamente, que ha llegado el momento de pensar con firmeza, en ¿qué hacer? para acabar de una vez por todas con éstas estulticias aberrantes en lo político, en lo social y en lo económico que enardecen a gran parte de una sociedad española muy proclive a estas prácticas, imposibles de darse en un Estado republicano radicalmente democrático.

Para los que pretendemos para España un Estado nuevo, libre, igualitario y fraternal, evidentemente republicano, la duda del ¿qué hacer? se nos presenta como algo enormemente complicado y singularmente difícil, en cuanto a la existencia en España de ese Estado monárquico en ejercicio desde hace dos siglos y porque vemos a la República como algo alcanzable, en tanto que deseo de millones de españoles que anhelan SU Revolución, vista como la gran asignatura pendiente de la sociedad española. Y digo bien Revolución, puesto que lo que exigimos los republicanos, no es otra cosa que una Revolución política, única vía posible para alcanzar la proclamación de la III República española, por ser inviable la Revolución social, al tener los españoles muy arraigadas en sus mentes tal cúmulo de costumbres, tradiciones y supersticiones alienantes adquiridas durante más de catorce siglos inquisitoriales, que resulta imposible erradicarlas si no se cuenta a priori con el Poder necesario, que solo puede venir dado a través de una Revolución política. Ante tal panorama sociopolítico, a los demócratas radicales que nos urge el cambio de Régimen, nos atenaza la duda del ¿qué hacer? para desmontar tan inmenso y corrompido entramado político, social y económico en el que se encuentran muy cómodos, felices y arropados por el Sistema, millones de españoles de cualquier aspecto social, ya sea éste político, militar, policial, oligárquico, religioso, delincuencial, terrateniente, profesional, cultural, periodístico, patronal, funcionarial, educativo, artístico, deportivo y, hasta del mundo del trabajo menos cualificado y como tal menos favorecido.

Y también nos atenaza la idea del ¿ que hacer? con esos súbditos de una Monarquía centenaria de caracteres esquinados, ideas afiladas y sentimientos que cortan con su inquina las conciencias civilizadas; súbditos de temperamentos primitivos, que confunden la intolerancia con la fe, el farisaísmo con la religión, la ñoñez con la santidad, el jesuitismo con el Evangelio, la caridad con la solidaridad, el delito con el pecado; súbditos de una Monarquía ancestralmente corrompida hasta los huesos, en la que las ideas revolucionarias padecen al reflejarse en las mentalidades gregarias, deformaciones absurdas, al querer disfrazar el sereno semblante del radicalismo con el oscuro velo de la brutalidad; unos súbditos de una Monarquía centenariamente ignominiosa que confunden al revolucionario con el energúmeno y a la revolución con el motín y la algarada.

En este sentido se debe advertir, que una desdeñosa irresponsabilidad para con las leyes establecidas no otorga a nadie título de radical o revolucionario. No basta con creer ser de izquierdas para decir que se es revolucionario y mucho menos republicano.

La Revolución es algo más que el desorden, el atropello y la destrucción; la Revolución es ante todo el sentido de un orden nuevo y más perfecto que el establecido; es la capacidad de vivir con arreglo a más excelsas normas de convivencia social; es la implantación de una paz alegre, sonora y justa, que sustituya a la paz triste, silenciosa y muerta de los despotismos; es la elevación misma de la justicia pura por encima de los atributos de la fuerza ciega.

La II República española nació, pero nació débil, y debido a su escasa fortaleza no pudo llegar ni a la pubertad porque muchos de los que decían ser sus progenitores no llevaban la República en sus entrañas; eran unos personajes como dijo alguien que no recuerdo, viudos de la Monarquía, casados en segundas nupcias con la República; sencillamente, no eran republicanos.

Por eso la III República española deberá ser engendrada por individuos que lleven el ideal republicano dentro de los tuétanos. La idea de la III República es la única y última ocasión que los españoles tenemos para traer al mundo esa preciosa criatura a la que se pondrá el nombre de REPÚBLICA ESPAÑOLA, única Institución que puede aportar a España y los españoles la verdadera entrada en la Modernidad, fuente y semilla de libertades. Hagamos la Revolución que nos pertenece por ley, basándonos por primera vez en la historia de España en un genuino proyecto nacional emancipador, por medio del cual se devuelva a España y sus Naciones su total soberanía. Hagamos de España una República libre de patronos foráneos donde sea la voluntad popular de los españoles la única que decida sus intereses políticos, sociales y económicos. España no debe continuar sine die intervenida, cautelada o a merced de los intereses de otras naciones extranjeras tales que el Vaticano y USA principalmente. Confiemos en que los nuevos y antiguos republicanos seamos capaces de hacer bien la labor de progenitores, si no, pobre España y pobre República.

No más retórica, no más metáforas, no más juegos florales, no más romerías, no más repúblicas arqueológicas; vayamos hacia la III Republica española, pero no la exijamos apriorísticamente la incorporación a su normativa leyes que la República no vaya a poder cumplir. 

En este sentido, solicito que nos elevemos a los eternos principios de la Razón y la Justicia, no vaya a ser que cegados en su momento por el ardor de la lucha política, se nos oscurezca la luz de nuestro entendimiento y arrastremos por los suelos el impoluto manto de la libertad. Demos el ejemplo los republicanos militantes que permanecemos en la lucha diaria, para que sepan los ciudadanos libres de este país que pertenecemos al mundo de la Razón y no al de los experimentos políticos. Porque no es cierto que en España no haya republicanos, los hay por millones, aunque desorientados debido a la propaganda torticera que de la República hizo durante cuatro décadas la Dictadura del genocida Franco y que continúa haciendo su heredera directa la Monarquía borbónica tardo-franquista, que no es otra cosa que un fiel remedo de dicha Dictadura, ajustada a los tiempos actuales.

Pero no es menos cierto, que los republicanos españoles no hemos ayudado mucho, cada uno en su medida, para que la desorientación que los españoles padecen respecto al concepto República, al no haber sabido en unos casos y querido en otros, suscitar desinteresada y conceptualmente el ideal republicano. No hemos sabido admitir taxativamente, quienes son los enemigos de la República, pero sí hemos querido batirnos entre nosotros en batallas indecentes por cuestiones ideológicas haciendo caso omiso al concepto que debería haber sido únicamente la República.

Si observamos las conductas voluntaristas de gran parte de organizaciones republicanas, incluidos los testimoniales Partidos políticos, la tendencia ha sido siempre a fabricar apriorísticamente y siempre según a sus idearios particulares, instituciones republicanas civiles y militares, programas de gobierno, leyes y hasta la Constitución de una hipotética III República española. Así llevamos décadas esparciendo a troche y moche documentos, que lo único que han conseguido ha sido la desorientación que en cuanto al concepto República padecen los como dije anteriormente, “desorientados republicanos españoles”, al no habérseles explicado lo conceptual que es la República, en aras de las ideas políticas particularistas. Esto es lo que no se debe hacer, porque la verdadera obra del político republicano de hoy no es la de crear instituciones y leyes nuevas, su labor debe ser la de crear conciencias ciudadanas nuevas para esas instituciones y leyes republicanas. Ya lo dijo en la Antigüedad el venerable Pitágoras:” legisladores, no hagáis leyes para los pueblos, haced pueblos para las leyes”.

La cuestión republicana entre los republicanos españoles no debería nunca haberse planteado como un problema de derechas o de izquierdas. El concepto República no se debe ver desde las almenas partidistas, naturalmente interesadas de las ideas políticas, se debe mirar desde la atalaya que alberga a la Razón, la libertad, la democracia, la tolerancia, la justicia y al bien común. La República, repito, no debe ser vista como una cuestión de derechas o de izquierdas. La República debe ser observada, únicamente, como el bastión de la Inteligencia y la pluralidad democrática; todo lo demás es la mera brutalidad que oprime a las mentes poco republicas.

Cualquier Constitución o ley de rango inferior, serán papel mojado mientras que no hayan creado el gusto por la democracia, de manera que, a puro practicarlas, llegue a ser tan deseada por el pueblo la disciplina de la libertad, que él mismo la exija instintivamente.

Los pueblos, aunque mansos, son agrupaciones voluntarias de elementos libres, y la armonía de los seres libres, no puede ser impuesta por la violencia; ha de nacer espontáneamente desde el interior de cada conciencia, cuando se le ofrece una luz ideal lo suficientemente noble como para que la ilumine. No se consigue la colaboración de las multitudes que componen un pueblo, sino cuando se lee en la entraña oculta de la muchedumbre la GRAN OBRA que el pueblo quiere alcanzar y ha entendido que se han sabido anudar los indisolubles lazos que unen a las más opuestas ideas, clases e intereses en una necesidad común, en una aspiración nueva. Pero jamás brotará la armonía viviente de los pueblos, sacrificando unos elementos, instituciones, partidos o clases a las exigencias de otros, siquiera hayan alcanzado, aunque sea por la vía democrática, el Poder y la fuerza.

Es una majadería de hombres retrógrados pensar en suprimir las naturales discrepancias entre ideales, pugnas de caracteres y diferencias de aspiraciones, que son la sal y la pimienta del vivir. La fraternidad es armonía y como tal presupone, variedad y riqueza de elementos distintos aunque armonizables.

La verdad que es una verdad, no es la verdad, la verdad es una disciplina, o lo que es lo mismo, la verdad humana, social, no es un principio, ni una definición, ni un dogma, es una costumbre, un hábito, una forma de obrar, donde nada valen los más altos ideales cuando permanecen en el mundo de lo abstracto sin cristalizar en hechos tangibles en los que se advierta la sublime trilogía masónica: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Acabar con las causas de la perpetua discordia civil (la ignorancia y el fanatismo) de España, debería ser la tendencia de todos los españoles civilizados y propósito firme de todos los republicanos poseedores de una conciencia equilibrada; esto es, terminar con las banderías hostiles, pacificar los reinos de taifas fundiéndolos al calor de una verdadera fraternidad, transformar las antiguas tribus celtibéricas y carpetovetónicas (que aun presiden la formación de muchas banderías españolas) en pacíficas ciudades libres, amantes de la ley, templos de la justicia y viveros de la democracia.

Cuando escasean o faltan opuestos idearios políticos no puede brotar jamás la sonora armonía elegante de una ciudad libre.

Es necesario y hasta preceptivo en un Estado republicano la existencia de derechas e izquierdas, perpetuadores y creadores, satisfechos y anhelantes, acomodaticios y rebeldes, ateos y creyentes. Ahora bien, estas diferencias se pueden combatir en un medio social brutal y cabileño o debatiendo sus antagonismos en un ambiente civilizado parlamentario.

Más que en derechas e izquierdas los españoles podemos ser catalogados como montaraces y domésticos, es decir, en cerriles y civilizados. Pertenecen al grupo de los cerriles lo mismo el beato armado con un crucifijo que acude al Rosario de la Aurora dispuesto a soltarle un cristazo al lucero del alba, que el anticlerical que se desayuna con blasfemias y come y cena con escarnios, deleitándose ofendiendo la intimidad de ajenos sentimientos. Una cosa es combatir y otra muy distinta ultrajar.

Pertenecen al grupo de los civilizados lo mismo el librepensador inquieto y atormentado que el creyente sincero y tolerante, inclinados ambos a los procedimientos jurídicos, a las normas fraternales, a las discusiones apasionadas pero serenas. Los civilizados admiten la fuerza de la razón, el particularismo de los argumentos y la oportunidad del ingenio. Los cerriles abusan y por eso son conocidos, por excederse en el insulto, la agresión, el exabrupto y la grosería.

Está perfectamente contrastado, que las derechas españolas han” brillado” a lo largo de su historia debido a sus procedimientos absolutistas y clericales, sus formas arguciosas y farisaicas y sus inoportunos arranques de gente intolerante, incivil y cavernícola. Nunca han intentado cambiar.

Igualmente hay que resaltar, que hasta ahora el término anticlerical ha sonado en la conciencia pública a algo así como a hombre de taberna, incendiario y debelador, hombre grosero, de maneras violentas e inadecuadas.

El patrimonio de las izquierdas españolas ha de ser a partir de estos momentos en los que se avecinan fuertes convulsiones políticas y sociales: la disciplina democrática, la cultura, la distinción, la elegancia que aporta la ética, las formas bellas de los comportamientos cotidianos, cuyo denominador común no puede ser otro que el anticlericalismo razonado.

La República es una forma de convivir disciplinadamente en democracia para que, cumpliéndose la voluntad popular, no se coarte ni asfixie la libre iniciativa individual. Y esta disciplina democrática, que es la base del orden social en las naciones libres, requiere tres normas esenciales: 1ª: que las decisiones sean adoptadas por ley de mayorías, 2ª: que se deje en libertad de opinar y organizarse dentro de las leyes a las minorías discrepantes y 3ª: que las minorías se sometan a las disciplinas colectivas, reflejadas en la ley.

Las mayorías tienen derecho a disfrutar la facultad de decidir y el deber de respetar a las minorías. Las minorías tienen, por tanto, el derecho a desenvolverse libremente, aspirando a convertirse en mayorías y el deber de aceptar las decisiones mayoritarias.

Por eso la ley de mayorías, para no ser retardataria, necesita ir acompañada de la libertad de opinar y de cierto amable respeto para con las rebeldías inteligentes. Sociedad donde todos piensan lo mismo refleja que nadie piensa nada. Es menester el aguijón de la inquietud, la disconformidad de los entendimientos atormentados, la diversidad y contradicción de los pareceres para que las agrupaciones sociales no se abandonen a la desidia innoble que produce la coincidencia, a las vulgaridades por todos aceptadas y por nadie discutidas, a la miseria intelectual que anuncia la muerte de los Estados, Partidos políticos y organizaciones sociales de toda índole. Sin minorías libres discrepantes no hay conflictos, pero tampoco progreso, ni ciencia ni continuidad. 

Cuando existe en la conciencia de los políticos la firme voluntad de exigir justicia para un pueblo oprimido, debería ser relativamente fácil adquirir la sabiduría científica en el orden de lo político, y digo relativamente, porque en política que es el arte de armonizar voluntades e intereses, todo está sujeto a la relatividad del humano querer y ambicionar.

Ante la inmensa duda del ¿qué hacer?, los republicanos no triunfaremos jamás si no somos capaces de estar seguros de querer y poder desentrañarla dentro de un ambiente dialogante y democrático en el que lo conceptual que es la República prive sobre lo particular que son las ideas partidistas. La violencia no basta, ni aun sirve, para conseguir una transformación revolucionaria de la sociedad humana. Repito que el deber de los republicanos es forjar la conciencia viviente, creadora y fecunda que penetre hasta el tuétano del alma del pueblo, que profundice en el corazón de las muchedumbres y despierte en ellas los nobles estímulos de superar el patrimonio social de siglos precedentes. Repito que el presente no es nuestra obra, es la obra que heredamos de nuestros antepasados y que el porvenir y la Revolución con sus nuevas libertades, experiencias y emociones que la acompañen, será nuestra obra.

El patrioterismo, la Tradición, la Raza, la Unidad de España, el Orden, la Religión, la Lengua Castellana, la España inmortal, la Grandeza de España, la España una, grande y libre en tanto que versiones puramente retóricas que nada tienen que ver con la realidad de una sociedad culta y moderna, deben ser destruidas en tanto que mitos de una sociedad mayoritariamente ignorante.

Eduardo Calvo García es Miembro de Unidad Cívica por la República

Artículo publicado el 12 de febrero de 2006
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