La infancia de Clara Campoamor

La infancia de Clara Campoamor
Fue un domingo de Carnaval, por la tarde del día 12 de febrero de 1888, cuando vino a este mundo Clara Campoamor. Su familia vivía en la calle del Marqués de Santa Ana, muy cerca de "La Correspondencia de España", periódico en el que escribía su padre. Ella mismo recordaba las muchas veces que iba con él a la redacción y le explicaba, con gran paciencia, para que servían las cosas. "Yo notaba en mi padre cierta predilección por mí, y, no obstante castigarme muchas veces por ser excesivas mis travesuras, estaba contento, y solía decir a mi madre: Hay que educar bien a esta chica y hacer que estudie. Se puede sacar de ella algo provechoso". 






No se equivocaba don Manuel Campoamor, y si la muerte no hubiera realizado su labor destructora tan pronto, a estas horas sería, sin duda, uno de los hombres más felices de España. La labor fecunda de su hija Clarita, en la que él adivinaba nada más "que algo de provecho", le proporcionaría continuas satisfacciones. Y no sólo esto, con ser mucho, estaría haciendo ahora las delicias de aquel padre, con tanta ternura recordado. Don Manuel era republicano. Uno de aquellos federales en cuyo hogar se rendía a "la Niña" un culto fervoroso y sincero. Clarita y sus hermanos no esperaban nunca los juguetes de "los Reyes", como todos sus amiguitos. A ellos los juguetes se los trajo siempre "la República",  que era mucho más bonita y más buena que "los Reyes", según les explicaba su papá. Naturalmente, los chiquillos ardían en deseos de conocer a aquella señora a quien su papá quería tanto, y que les traía juguetes y caramelos. ¿Por qué no venía? Los amigos les contaban que algunas veces vieron a los Reyes Magos en las cabalgatas. ¿Por qué la República, si era tan buena no quería que te, conociesen? Don Manuel, lleno de una emoción que ellos no podían comprender, les contestaba siempre: "Ya vendrá, quizá cuando vosotros seáis mayores, quizá cuando yo no pueda verla, pero vendrá. Estuvo una vez aquí antes de le vosotros nacierais,pero se fue demasiado bondadosa, se confió y la echaron... ¡A traición! Pero la echaron". De esta manera empezaron los niños de don Manuel, Clarita y Eduardo, a ser republicanos.

Según relataba Clara Campoamor, sus padres habían realizado un gran esfuerzo y sacrificio económico para colocarla como interna en un colegio de monjas, donde estuvo dos años. En sus recuerdos de infancia, recordaba que había sido muy revoltosa y que algunos domingos paseaba con su madre en la calle de Atocha, la cual le parecía un paraíso de libertad.

Las lecturas de "El Imparcial"

A los doce años, Clara Campoamor salió del colegio, y sin descuidar sus estudios, ya que había que continuarlos cuando la fortuna les fuera poco menos adversa, empezó a aprender el oficio de su madre. Como doña Pilar, cosía Clarita de día y de noche; pero no eran éstas su aficiones. A ella lo que le gustaba de verdad era leer. Cuentos, novelas, folletines; todo lo que caía en sus manos de la pequeña Clara era devorado con avidez. A su madre le disgustaba un poco esta afición por la lectura, y un día, que la sorprendió en su cuarto, ensimismada con un novelón de "El Imparcial", hizo pedazos el periódico, ante la consternación de la chiquilla, que se lamentaba: - ¡Qué trastorno! Ahora tendré que estarme toda la vida sin saber lo que ha sido de ese 'pobre hombre'. El 'pobre hombre', a quien Clarita se refería, era un gentlemen, llamado "Mister Smoking", el cual estaba a punto de ser quemado vivo en el preciso instante en que su madre entró en el cuarto destruyendo lo que a ella le parecía un monumento literario.

A pesar de aquel contratiempo, su afición a la lectura se acrecentaba cada día. Campoamor recuerda, que igual le pasaba a su hermano Eduardo, y si la acción de nuestros novelones tenia lugar en Madrid: "los domingos nos marchábamos los dos a pasear por los sitios que habían recorrido nuestros protagonistas. Con motivo de "El cocinero de Su Majestad" conocimos todo el Madrid pintoresco. jCon qué emoción pasábamos los dos el Viaducto, para internamos en el barrio de nuestra novela!".

Accidentes

No obstante esas aficiones literarias de Clarita era lo que se llama un diablillo. Ella conservaba una de las señales de sus travesuras que se hizo corriendo con una trompeta robada a su hermano, se calló y se la clavó en la cara. En otra ocasión, se hizo una quemadura producida con un quinqué. También en sus recuerdos estaba como en cierta ocasión, sin saber cómo, estaba en el tercer piso de una casa que se había comenzado a hundir, logrando salir con vida "de milagro". Lo más serio le ocurrió en Santoña, donde pasaba los veranos. Cuando jugaba se cayó dentro de un pozo, del cual la sacaron casi en estado agónico. 

El primer fracaso amoroso y literario

Clarita jugaba y paseaba siempre con su hermano Eduardo y otros amigos. Uno de éstos era el destinado por ambas madres para que, andando el tiempo, fuese su novio. "Él era un chico muy bueno y muy simpático", pero según relataba Campoamor: "ninguno de los dos nos sentíamos atraídos por algo más que la amistad. A mi, el que de verdad me gustaba era un amigo suyo. Resultó que también le gustaba yo a él, y, por tanto, una vez que llegamos a esta conclusión, nos hicimos novios. Todo marchaba bien; pero un día tuvimos un disgusto por una tontería, y yo quise aprovechar esto para demostrarle mis aptitudes literarias. Decidí, pues, escribirle una carta. Una carta que por fin, me salió bien y que parecía muy espontánea, no obstante el tiempo que me costó hacer el borrador. Quedé muy satisfecha de mi obra, y le envié aquel manuscrito, perfecto, según mi autorizada opinión. Pero, cual no sería mi sorpresa, al ver que al día siguiente mi novio me devolvía el borrador, que, sin darme cuenta, había yo metido dentro del sobre. Como usted comprenderá no tuve más remedio que terminar las relaciones. Creo que ha sido ésta la mayor vergüenza que he pasado en mi vida". Desde aquel tropiezo, jamás le quedarían ganas de volver a hacer un borrador.

El veraneo en Santoña

Clara Campoamor, recordaba especialmente los veranos que pasaba en Santoña, donde había nacido su padre: "Allí no había que ir al colegio, y podíamos correr y saltar por el monte. Una de mis mayores diversiones era cuidar las gallinas que había en casa de mi abuela. Cuando alguna estaba incubando vivía yo horas de ansiedad enorme hasta que salían los pollitos. ¡Era un día de fiesta! Cómo será el recuerdo conservado por mí de Santoña, que nunca he querido volver, para que no se rompa el encanto de aquellos veraneos infantiles". 

Entrevista a Clara Campoamor, en la revista Estampa, el 31 de octubre de 1931

Equipo de redacción de Eco Republicano



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