Miguel Candelas
El orden geopolítico posterior a
la Guerra Fría es un mundo cada vez más atomizado, líquido e inestable, lo que
en palabras del autor italiano Umberto Eco, está provocando una transición
hacia un "nuevo medievalismo". Esta metáfora no es nada casual, ya
que al igual que el final del esplendor del mundo clásico nos llevó a la
oscuridad y a las tinieblas de la Edad Media, el final de la modernidad, heredera
de la Ilustración, está ahora dando lugar al advenimiento de una nueva era
llena de interrogantes, en la que los actores estatales van perdiendo paulatinamente
su supremacía en beneficio de nuevos actores transnacionales no sujetos al
control democrático, desde empresas multinacionales a movimientos religiosos
fundamentalistas, al tiempo que el paradigma filosófico de la Ilustración entra
en crisis y se ve amenazado por la nebulosa del pensamiento postmoderno y su
relativismo cultural. En resumen, un nuevo mundo heterogéneo, multipolar y
carente de seguridades en el que cada vez parece más difícil saber quién manda,
y sobre todo, comprender hacia dónde nos dirigimos como sociedad global.
I. Series medievales, política y "Vikings"
Debido a esta circunstancia, las
nuevas series de televisión ambientadas en la Edad Media están alcanzando un
gran éxito entre el público contemporáneo. Pero las historias que narran no son
meras copias de los clásicos del género, sino que se ven discursivamente
redefinidas y remasterizadas al pasar por el filtro de la postmodernidad,
evolucionando de los maniqueos cantares épico-legendarios hacia maquiavélicas historias
de autentica "realpolitik", repletas de ambiguos personajes, sutiles
tramas en clave de poder, y sobre todo, cargadas de lecciones filosóficas y políticas
para comprender, no sólo el pasado que teóricamente reflejan en la ficción,
sino el presente de nuestra sociedad del siglo XXI.
En recientes artículos nos hemos
ocupado de analizar en clave política la popular serie "Juego de
Tronos" (sin duda el fenómeno literario y cinematográfico de la década),
pero en esta ocasión, dedicaremos estas líneas a hablar sobre otra serie del
momento y también ambientada en una época medieval: "Vikings" (en
castellano, Vikingos). La ficción narra, de una forma más o menos novelada y
repleta de licencias históricas, las aventuras del mítico líder vikingo Ragnar
Lothbrok y sus familiares en el periodo de la Alta Edad Media europea. A través
de personajes como Lagertha, Rollo, Björn, Floki, el rey Harald y, obviamente,
el propio Ragnar, la historia nos presenta la época dorada del expansionismo
marítimo nórdico y el inicio de sus contactos con las sociedades medievales
europeas (la Inglaterra feudal, la Francia carolingia, la España de Al-Ándalus).
En el contexto de dichos contactos florecerán los interesantes intercambios y
choques culturales entre cristianos, musulmanes y vikingos, momentos claves de
la serie en los que aparecerán personajes como el emperador carolingio Charles,
el comandante bizantino Euphemius, el emir agabí Zidayat Allah o al rey sajón
Ecgbert de Wessex. Y es precisamente este último personaje, el rey Ecgbert, el
que vamos a utilizar como figura política central a lo largo de este artículo, ya
que a nuestro juicio, constituye el mejor representante del maquiavelismo
político en la serie "Vikings".
II. El enfoque oscuro del poder o "maquiavelismo político"
El maquiavelismo político es lo
que el profesor austriaco Rainer Baubök denomina también el "enfoque
oscuro del poder". Se trata de una concepción política que tiene
referentes teóricos ya en la Antigüedad, tales como Sun Tzu, Kautylia o
Tucídides, pero sin duda, se considera a Nicolás Maquiavelo su autor más
representativo, ya que es el primero que disocia el poder de la virtud, planteando
un manual de estrategia política titulado "El Príncipe", destinado a
alcanzar y conservar el poder, al margen de criterios morales, éticos o
religiosos. Posteriormente, hasta llegar a nuestros días, nuevos autores han
ido implementando las teorías del astuto consejero florentino, pudiendo
destacar entre ellos al cardenal Mazarino, Franz Oppenheimer, Antonio Gramsci o
Michel Foucault, entre otros. "Realismo político" o
"realpolitik" también son denominaciones parciales para dicha visión
política oscura, aunque en ocasiones, se ven superadas por el alcance del
propio fenómeno, muchísimo más transversal y poliédrico que el realismo político
clásico, ya que engloba también a teorías militaristas, marxistas y
postestructuralistas.
Evidentemente, en lo que concierne
a la praxis, el maquiavelismo político ha venido aplicándose desde los albores
de la humanidad. Desde las estratagemas en batalla de Sun Tzu hasta la
geopolítica variable de Henry Kissinger, pasando por la hábil propaganda de
Julio César, las intrigas políticas del califa hispano-musulmán Abd-al-Rahman
III, los golpes letales del shogun Iieyasu Tokugawa, las coaliciones religiosas
del cardenal Richelieu o la guerra de confusión del revolucionario Mao Tse
Tung, toda clase de líderes políticos se han servido de la astucia, la
imaginación, la reflexión y la laxitud moral para sobrevivir y salir exitosos
(al menos durante algún tiempo) en los complejos y peligrosos juegos de poder que
han definido y siguen definiendo la historia del mundo.
En resumen, y en aras de sugerir
una definición lo más sintética posible, podríamos decir que las bases de dicha
teoría y praxis política son: la dualidad coactiva y persuasiva del poder y la
visión de la política como guerra, a modo de un tablero de ajedrez en el que los
actores políticos se dividen en jugadores y piezas, con intereses enfrentados,
alianzas siempre momentáneas y en el que la ética personal en ocasiones debe
verse superada por la razón de Estado. Ello no quiere decir que un político "maquiavélico"
carezca de ética, pero dicha ética, inspirará siempre el fin más que los medios
(como veremos ahora en el caso del rey Ecgbert). Finalmente, debido a la
relatividad y ambigüedad de dicho fin, el maquiavelismo políico sin duda es de
las teorías y prácticas políticas que menos pueden asociarse con un determinado
proyecto ideológico, ya que a lo largo de la historia ha sido utilizado por
líderes y gobernantes de las más variadas tendencias (señores feudales,
monarcas absolutos, líderes religiosos, o en la actualidad, políticos conservadores,
liberales, progresistas, socialistas, comunistas, etc.).
III. La Europa medieval y el "Maquiavelo de Wessex"
Al margen de los datos
historiográficos sobre el rey Ecgbert de Wessex real (lo cual a efectos de
nuestro análisis, exclusivamente politológico, carece de sentido), el rey
Ecgbert que se nos presenta en la ficción es un monarca ambicioso, escéptico,
calculador y manipulador, gran estratega tanto en la política como en la
guerra, diplomático cuando el momento lo requiere y despiadado cuando la
ocasión lo permite. Dotado de una inteligencia analítica, una inquietud
cultural y una amplitud de miras sorprendentes para la época altomedieval
europea (caracterizada por la ruralidad, el analfabetismo y el fanatismo
religioso), una clara visión política inspira siempre su reinado y sus
decisiones: unificar toda Britania bajo su mando para ser nombrado "Bretwalda"
(rey de todos los anglosajones), lo que a su juicio, permitirá a la isla
recuperar su grandeza perdida, la cual según Ecgbert, los bretones poseían
cuando formaban parte del poderoso, glorioso y extinto Imperio Romano.
Para comprender tanto su visión
política como su acción estratégica, hay que enmarcar al rey Ecgbert de la
serie en su contexto histórico-político, y en concreto, en la Europa feudal de
la alta Edad Media (los llamados "siglos oscuros"). Tras la
consolidación del cristianismo, la llegada de las invasiones germánicas y la
desaparición del Imperio Romano de Occidente, Europa queda sumida en un caos
político que provoca que el cristianizado y moribundo imperio finalmente implosione
en un mosaico de pequeñas y débiles unidades políticas, dominadas por señores
feudales y obispos de la Iglesia. Al mismo tiempo, el continente queda
condenado a un atraso social y cultural en el que desaparecen la filosofía, las
ciencias y las religiones politeístas del mundo clásico, siendo todas ellas
perseguidas y destruidas por la nueva religión monoteísta que ha logrado la
hegemonía: el cristianismo. De este modo, la Iglesia Católica (con sede en
Roma) queda como el único poder ideológico y cultural capaz de traspasar los
límites de cada pequeño feudo gracias a su compleja red de obispados, a través
de la cual puede llegar a cualquier rincón del continente con un mensaje propagandístico
mesiánico, maniqueo, simplista e iconográfico, que se torna capaz de persuadir
al conjunto de la población (iletrada y rural en su inmensa mayoría). Un
mensaje que, además, se convertirá en la justificación moral de la nueva
pirámide social (en cuya cúspide estarán la nobleza y el clero) y de todas las
desigualdades, abusos y calamidades que sufre el conjunto del pueblo llano, al
que se insta a aceptar con resignación los "designios de Dios". En
resumen, es la alianza del Trono y del Altar, y el inicio del orden político
feudal de fidelidades vasalláticas. Solamente el mundo pagano vikingo, con base
en la zona norte de Europa (Escandinavia), escapará, al menos durante algunos
siglos, al feudalismo y al cristianismo.
La Britania feudal en la que se
enmarca el reinado de Ecgbert en la serie forma parte de dicho contexto. Se
trata de una tierra rural y norteña, habitada por tribus anglosajonas,
recientemente cristianizadas, y en la que Wessex no es más que el más meriodional
de los pequeños reinos en los que se divide la isla, lo que le llevará, por lo
tanto, a estar en constante pugna con sus vecinos del norte (Mercia y
Northumbria). La llegada de las primeras incursiones vikingas, lideradas por
Ragnar Lothbrok, no harán sino complicar aún más el complejo puzle político
bretón. No obstante, el rey Ecgbert fue enviado de joven a la corte del
emperador Carlomagno (el líder franco que de alguna manera trataba de restaurar
la grandeza imperial), y su estancia en dicha corte imperial de Aquisgrán, se
convertirá en un aprendizaje político de suma importancia para el joven
príncipe, y una vez llegado al trono, inspirará su acción política, su lógica
maquiavélica y sus deseos de gloria imperial al precio que sea necesario, incluso,
como veremos, a costa de su propia alma. Su ambición, inspirada por Carlomagno,
de tratar de fortalecer su poder como monarca con respecto a la nobles y a la
Iglesia, ya la deja muy clara en una de las primeras conversaciones que tiene
frente a unos condes y obispos críticos que susurraban a sus espaldas.
"Decidme ahora, si os atrevéis, que he tomado una mala política para el
reino; decidme ahora, si os atrevéis, que ya no merezco ser el rey de
Wessex", les insta a responder desafiante, ante los cabizbajos y aterrados
consejeros.
IV. El Rey Ecgbert y la fascinación por el paganismo
Si algo define al rey Ecgbert es
su fascinación por el mundo pagano (la forma cristiana de denominar a las
religiones politeístas, tanto a la extinta religión grecorromana como a la
recién llegada religión vikinga). En este sentido, su encuentro con el monje Athelstan
(el cual es indultado "in extremis" por Ecgbert cuando estaba siendo
crucificado por apóstata) resulta de gran provecho para su enriquecimiento
cultural y sus aspiraciones políticas, ya que la situación del monje como
"hombre entre dos mundos" (sacerdote cristiano adaptado culturalmente
a la vida vikinga), y que además domina el latín, le permiten a Ecgbert
encontrar un nuevo consejero, analítico y reflexivo como él, abierto de mente,
y con el que puede tener fecundas conversaciones escépticas sobre religión y
poder (algo impensable con el resto de sus súbditos, adoctrinados en el
fundamentalismo cristiano).
Concretamente, una decisión
política de Ecgbert germinará en base a dichas reflexiones con Athelstan: la
recuperación, traducción y conservación de fragmentos y textos clásicos
(considerados heréticos por la Iglesia) que Ecgbert ha ido rescatando y
apilando en un aposento secreto de su palacio. De entre dichos textos, un
fragmento de la "Guerra de las Galias" de Julio César, y su análisis del
mismo junto al monje, permitirá a Ecgbert armar una estrategia para derrotar,
contra todo pronóstico, a Ragnar Lothbrok y a su poderoso ejército vikingo en
combate. "Siempre imaginando, siempre aprovechando el terreno, siempre
teniendo todo en su mente", susurra Ecgbert mientras Athelstan traduce las
palabras de César.
No obstante, Ecgbert ya sentía
una gran admiración por sus antepasados romanos paganos desde antes de la
llegada de Athelstan, como demuestra el hecho de haber instalado su corte en
las ruinas de unas termas romanas, las cuales usa para el placer hedonista y
como lugar de reuniones diplomáticas, en un claro homenaje a la vida social
romana, carente de tabúes relacionados con el pudor (Ecgbert se baña desnudo en
las termas, y aprovechando su condición de rey, no tiene reparos en invitar a
las mismas a consejeros, obispos y aliados, incluyendo al propio Ragnar). De
hecho, pondrá fin a su vida suicidándose en dicha terma (en un claro homenaje
al Senado Romano), enfrentándose de nuevo a la moral cristiana, la cual
considera al suicido como un terrible pecado que condena directamente al
infierno.
Al mismo tiempo, y fruto también
de sus conversaciones con Athelstan, Ecgbert comienza a sentir una gran
fascinación hacia la libertad y dinamismo de la que gozan los vikingos, en
contraste con el férreo dogmatismo y puritanismo de la religión cristiana. En
su amistad con Ragnar (no exenta de traiciones) o en su fugaz relación con Lagertha
(a la que admira por ser al mismo tiempo mujer, guerrera y líder política, algo
inconcebible en el mundo cristiano), muestra constantemente su fascinación
hacia la vida de dichos misteriosos hombres y mujeres del norte, lo que le
lleva, por ejemplo, a preguntar por sus dioses Odín, Thor y Freya o por su
manera de resolver las disputas jurídicas. Dicha fascinación y curiosidad por
el mundo pagano nórdico, le llevará incluso a asistir a un sacrificio ritual
vikingo para asegurar las buenas cosechas, cuya explosión de sangre, fuego y
espiritualidad le hace conectar, una vez más, con el recuerdo del paganismo
romano que él añora. "¡Sus dioses paganos les permitían conocer y dominar
el mundo!", exclama con una mezcla de fascinación y envidia Ecgbert,
durante una conversación con Athelstan en la que contemplan unos hermosos
mosaicos grecorromanos. "La terrible realidad es que hemos perdido muchos
más conocimientos que los que hemos adquirido", añade acto seguido, en
referencia a todo el caudal de conocimiento literario, filosófico, científico y
tecnológico que han perdido por culpa del cristianismo y su visión rigorista,
maniquea y apocalíptica de la sociedad. En el siguiente enlace puede verse y
escucharse en su totalidad el interesante diálogo entre ambos personajes. (ver vídeo)
V. El Rey Ecgbert y las intrigas palaciegas
La política interior del rey
Ecgbert va en todo momento encaminada a la consolidación del poder real en
detrimento de la nobleza y del clero. Debido a ello, utilizará la llegada de
los vikingos y su aparente hospitalidad hacia los nórdicos, como estrategia
para enfrentar a los nobles entre ellos y para escandalizar a parte del clero
(ya que muchos sacerdotes, consideran una blasfemia el pactar con infieles
paganos). Ello le permite, desenmascarar a los condes y obispos contrarios a
sus políticas, y que por lo tanto, podrían conspirar contra él.
No obstante, terminara
necesitando una excusa para deshacerse de ellos, y dicha excusa, la encontrará
al orquestar en secreto (junto a su hijo y heredero Aethelwulf) una
maquiavélica traición hacia Ragnar, una vez que él líder vikingo y sus guerreros
han zarpado desde la costa y abandonado su reino. Ecgbert entonces envía a Aethelwulf
a masacrar el asentamiento campesino nórdico en Wessex, y éste, recluta a los
nobles más belicosos hacia los vikingos para llevar a cabo dicha contundente
acción. Entonces, a su regreso, Ecgbert finge estar escandalizado por la cruel
matanza, y acusa de alta traición a Aethelwulf y a los nobles y obispos
implicados, al haber roto un tratado de paz con Ragnar Lothbrok (Ecgbert
entregaba tierras de cultivo a los vikingos a cambio de ayuda militar), un
tratado firmado además por él personalmente, y que por lo tanto, les hace
acreedores de la pena capital (aunque posteriormente, ya a solas, Ecgbert
abraza a su hijo y le felicita por la excelente interpretación que ambos han
llevado a cabo). De este modo, Ecgbert, con un sólo movimiento, ha descabezado
a la cúpula de la oposición interna y ha fortalecido su posición y la de su
linaje en el trono de Wessex. El siguiente video muestra la fabulosa escena en
su integridad. (ver vídeo)
No obstante, Aethelwulf,
generalmente es más bien una víctima que un cómplice de las intrigas cortesanas
de Ecgbert, ya que en varias ocasiones ha de ver como el rey le desprecia (ridiculizándole
en público, tomando a su esposa como amante u obligándole a aceptar a su hijo
bastardo) y pone en peligro su vida (enviándole como emisario, e incluso como
rehén, en delicadas misiones diplomáticas con reinos anglosajones vecinos o incluso
con vikingos). Todo ello forma siempre parte de la acción maquiavélica de
Ecgbert, para confundir y despistar a sus enemigos, y como parte de una
estrategia aún mayor qué solamente él conoce, ya que para Ecgbert no hay
amigos, ni siquiera familiares, solamente intereses políticos y juegos de
poder. "Yo no tengo amigos, se vive mejor", clama con satisfacción el
rey Ecgbert cuando Aethelwulf le pregunta escandalizado por qué planea
traicionar a uno de sus amigos y aliados.
VI. El Rey Ecgbert y la política exterior
Peto sin duda, es la política exterior
de Ecgbert la que articula sus más ambiciosos planes, y gira en torno a tres
ejes: la anexión del reino de Mercia, el aislamiento del reino de Northumbria y
la política de equilibrios con los vikingos, ya que éstos últimos, servirán a
sus maquiavélicos planes respecto a los dos primeros. De todos modos, ambas
empresas tienen una única finalidad en la mente de Ecgbert: unificar toda
Britania y ser así nombrado Bretwalda (rey de todos los anglosajones).
Mercia, su vecino directo, es un
reino sumido en el caos debido al estallido de una guerra civil interna entre
varios pretendientes al trono. Ecgbert, que desea anexionarse dicho reino,
aprovecha la debilidad del mismo para ir ganando influencia poco a poco, y finalmente,
asestar el golpe definitivo. En primer lugar, Ecgbert apoya a Cwenthryth (una
de las candidatas al trono de Mercia), y para asegurar su victoria en la
contienda interna, envía a un ejército mixto compuesto por tropas de Wessex
(lideradas por Aethelwulf) y tropas mercenarias vikingas (lideradas por
Ragnar). Dichos poderosos ejércitos le permiten derrotar con relativa facilidad
a los restantes pretendientes al trono, y de ese modo, coronar a Cwenthryth
como nueva reina de Mercia, la cual obviamente pasa a convertirse en su títere.
Pero Ecgbert no va a conformarse solamente con controlar el reino de forma
indirecta, y sabiendo que la excéntrica reina es muy impopular y que tarde o
temprano estallará una nueva revuelta contra ella, esperará a que dicho motín tenga
lugar y enviará entonces a su hijo Aethelwulf a salvar a la reina títere antes
de que resulte ejecutada por los rebeldes. La reina, exiliada en Wessex,
suplica entonces al rey Ecgbert que envíe nuevamente a su ejército para
aplastar la rebelión. Ecgbert, con la excusa de complacer a la reina
destronada, accede a su petición. Sin embargo, Ecgbert ha urdido un nuevo plan
secreto para apoderarse directamente de Mercia al margen de Cwenthryth, el cual
consiste en aliarse con un poderoso noble (con el nombre en clave de "W")
que aún controla a poderosas tropas del vecino reino en descomposición (huestes
que no apoyan ni a la reina destronada ni al consejo rebelde) y persuadirle de
que un rey externo y poderoso como él es la única solución para acabar con la
guerra civil en Mercia. Dicho noble, "W", suma finalmente su ejército
al de Ecgbert, lo que permite al rey acabar facilmente con el consejo rebelde.
Una vez capturados, sus miembros son ejecutados, no sin antes ser obligados
mediante tortura a colocar sus firmas en los nuevos documentos que formalizan
su renuncia a la corona en favor de Ecgbert, lo que legitima al rey de Wessex
como nuevo rey de Mercia. La conjura de Ecgbert ha resultado exitosa.
"Como verás, la estrategia es legal y los documentos vinculantes, a los
ojos de los hombres y de Dios" proclama Ecgbert con satisfacción ante la
rabia y la ira de Cwenthryth, confesando su traición y el éxito de su conjura.
En cuanto a Northumbria, si bien
Ecgbert no llega a anexionarse dicho reino completamente, sí que lo contempla
como un plan a largo plazo, y para ello, no duda en utilizar momentáneamente a
su rey tanto para sus planes en Mercia como para luchar contra los vikingos,
pero inmediatamente después, le traiciona sin ningún miramiento. El rey Aelle,
con una personalidad débil y una ideología fundamentalista cristiana, no es más
que la antítesis de Ecgbert, y por ende, resulta fácilmente manipulable por el Maquiavelo
de Wessex. En primer lugar, Ecgbert forja una alianza con él mediante la
concertación de un matrimonio entre su hijo y heredero Aethelwulf y la hija del
rey Aelle, Judith, y acto seguido le persuade para enviar tropas de Northumbria
a combatir al lado de las de Wessex, con el fin de repartirse Mercia a medias,
manteniendo a la reina Cwenthryth como títere de ambos monarcas. Sin embargo,
Ecgbert no comunica a Aelle su conjura secreta para deponer a Cwenthryth, y
cuándo éste finalmente la descubre, ya solamente puede aceptar el hecho
consumado y contemplar con recelo la ceremonia de coronación de Egcbert como
rey de Wessex y Mercia. "Tenéis razón Rey Aelle, algo ha cambiado, pero la
vida es cambio y si uno no cambia se queda atrás. Lo que ayer parecía cierto y
real hoy ya no es cierto ni real, y a veces, hemos de aceptarlo. Ayer, vos y yo
firmamos esa alianza entre iguales, pero hoy, como podéis ver, ya no somos
iguales. Debéis acostumbraros", sentencia con una maquiavélica sonrisa
Ecgbert a su antiguo aliado Aelle, mostrándole como los amigos del ayer pasan a
convertirse en enemigos hoy, y cómo los pensamientos político-religiosos
dogmáticos, están condenados a mantenerse en el pasado y a no poder hacer
frente a los cambios del presente.
Finalmente, respecto a los
vikingos, Ecgbert (independientemente de su fascinación por el paganismo)
destaca desde un primer momento la extraordinaria potencia en combate de los
nórdicos (despiadados y diestros guerreros que luchan por asegurarse un lugar
en el Walhalla junto a los dioses, y que por lo tanto, no temen a la muerte),
la cual tal vez pueda utilizar en su beneficio. Por ello, invita a su líder Ragnar
a parlamentar diplomáticamente en su terma romana, ambos desnudos bajo el agua,
con el fin de analizar su psicología y detectar así las verdaderas intenciones
de los nórdicos. Cuando Ragnar le confiesa que lo que realmente desea no es
continuar saqueando, sino tierras de cultivo para su pueblo, Ecgbert ve la
oportunidad de llegar a un acuerdo con los vikingos, un acuerdo beneficioso
para él y sus planes futuros. Pero antes, les planta cara en batalla y logra
derrotarlos militarmente (gracias, como vimos, a la lectura de las estrategias
de Julio César), con lo que les hace comprender que les costará mucho fundar y
mantener un asentamiento en Wessex si no cuentan con el consentimiento del rey.
Retomadas las negociaciones, Ecgbert accede a otorgarles legalmente tierras
para que funden dicho asentamiento, a cambio de que Ragnar y sus mejores
guerreros combatan junto a él en Mercia para entronizar a Cwenthrith como reina
títere, al tiempo que seduce y persuade a Lagertha con su apuesta decidida por
el éxito de la colonia nórdica para que vikingos y anglosajones puedan convivir
juntos. Sin embargo, una vez completada la misión, y retornados Ragnar y
Lagertha a tierras escandinavas, Ecgbert entiende que ya no necesita a los
nórdicos, y como vimos anteriormente, masacra el asentamiento vikingo sin
miramientos para culpar posteriormente de ello a los nobles y obispos
fundamentalistas que se oponían a su tratado de amistad entre cristianos y
paganos. "Lo siento, reconozco que aquello no estuvo bien, pero todo
formaba parte de un plan más amplio, tú no lo entenderías", le confiesa
Ecgbert a Ragnar años más tarde, dando a entender que su traición no se debió a
un odio hacia los vikingos, pueblo al que admira, sino como parte de una
estrategia de mayor complejidad para acabar con la propia oposición interna en
Wessex.
En resumen, mientras Aelle
consideró desde el primer momento a los vikingos como una encarnación del
demonio y proclamó combatirlos hasta el fin, Ecgbert, mucho más pragmático, no
tuvo inconvenientes en aliarse momentáneamente con ellos para utilizar sus
tropas en Mercia, lo que contribuyó a que Ecgbert fuese extendiendo su
influencia sobre el vecino reino mientras Aelle quedaba atrás. Una vez ejecutada
su conjura, Ecgbert tampoco tuvo reparos en traicionar tanto a Aelle como a
Ragnar, demostrando que en su visión política maquiavélica, los aliados no son
más que compañeros momentáneos. En una magistral escena, Ecgbert habla con
Dios, y desafiante le dice: "Señor, tu reino no es de este mundo, pero mi
reino sí que es de este mundo, y cenaría con el mismísimo diablo si él me
ayudase a lograr mis objetivos".
VII. El Rey Ecgbert y la sucesión dinástica
Como dijimos, el maquiavelismo no
necesariamente ha de ser amoral (algo que los tiburones capitalistas de la
actualidad tienden a proclamar para justificar sus egoístas intereses,
exclusivamente empresariales, con lecturas e interpretaciones parciales y
manipuladas de "El Príncipe"). El maquiavelismo político puede tener
una finalidad ideológica e incluso ética para con el bien común muy sincera,
pero considera que dicha ética debe reservarse siempre para el fin, no para el
camino que ha recorrerse hasta llegar a dicho fin. Y en este sentido, el rey
Ecgbert tiene bien claro que todo lo que hace (incluido el condenarse
eternamente al infierno) es para ser nombrado Bretwalda y lograr la unidad
política en Britania, en aras de legarle a sus descendientes un reino
unificado, pacificado, poderoso y libre de amenazas exteriores.
A pesar de sus continuas
humillaciones y desprecios hacia él, Aethelwulf es, en principio, el heredero
directo de Egcbert, y por lo tanto, el que recibirá el legado del Maquiavelo de
Wessex. Ecgbert por un lado desprecia la simpleza, la mojigatería y el
fundamentalismo religioso de Aethelwulf, pero al mismo tiempo, admira su
rectitud, su nobleza, su lealtad y su seguimiento estricto de los mandamientos
cristianos. Hay un interesante diálogo entre ellos, a propósito de la planificación
de la campaña de Mercia, en la que Aethelwulf quiere confiar en la sinceridad
de un supuesto confidente, y Ecgbert entonces, le previene: "Si en algún
momento ves el menor atisbo de traición en él, no pienses como lo harías tú,
sino piensa como lo haría tu padre, y mátalo sin piedad".
No obstante, en la mente de
Ecgbert, Aethelwulf no debe ser más que un rey de transición, ya que es su
nieto Alfred (nieto político mejor dicho, ya que en realidad es hijo de
Athelstan y no de Aethelwulf), su verdadero candidato al trono. Ecgbert piensa que
Athelstan (el verdadero padre de Alfred) le ha transmitido a su hijo su mente
abierta, inteligente y escéptica (semejante a la de Ecgbert), y que por ello,
debe de ser él el monarca destinado a consolidar sus conquistas y engrandecer
aún más el reino. Por ello, Ecgbert protege desde un comienzo a Alfred y a su
madre Judith (a la que toma como amante), y en los años finales de su vida,
dedica su tiempo casi en exclusiva a la educación de Alfred, para que sea un digno
sucesor de él. Para ello le envío de peregrinación a Roma a conocer al Papa de
la Iglesia, le instruye en el arte de la política, le enseña a jugar al ajedrez
para aprender estrategia militar, y en última instancia, le hace conocer a
Ragnar y a su hijo Ivar "Sin Huesos", para que comprenda la necesidad
de llegar a acuerdos con los vikingos, ya que a pesar de la traición que
perpetró, Ecgbert considera que la alianza anglosajona-vikinga era "una
buena idea en un mal momento", tal como le termina confesando a Ragnar.
Volviendo al maquiavelismo
político, hay una escena en la que se ejemplifica claramente ese permanente
empeño de Ecgbert por enseñar a Alfred a prevenir la traición y desconfiar de
cualquier aliado, y por ende, nos muestra las esencias de dicho enfoque
político. Ecgbert persuade a Alfred para que beba vino, una copa detrás de
otra, a pesar de que Alfred no quiere más. Ecgbert, utiliza como excusa que él
también está bebiendo vino, y que sería poco educado no acompañar a su abuelo.
Finalmente, Alfred acaba ebrio, y Ecgbert entonces, sonríe mientras muestra su
copa y derrama el líquido que contenía, agua, confesándole a Alfred que
mientras él se embriagaba de vino, su abuelo le estaba engañando y en realidad solamente
estaba bebiendo agua. "Nunca permitas que ninguna persona influya en tí, y
menos aún, personas como yo. Piensa siempre lo que quieras y haz siempre lo que
debas", sentencia Ecgbert en una magistral lección de
"realpolitik" y en uno de los diálogos más interesantes de la serie. A través del siguiente enlace puede visionarse la escena completa. (ver vídeo)
Finalmente, la última lección que
Ecgbert le enseñará a Alfred, ya a título póstumo, será un nuevo ardid para
engañar a los vikingos, el cual además incluirá su propio sacrificio como
precio a pagar. Cuando el gran ejército vikingo, liderado por los hijos de
Ragnar, se aproxima imparable hacia la capital de Wessex exigiendo venganza por
la muerte de su padre, Ecgbert evacua a Alfred, Judith y Aethelwulf, pero él
mismo renuncia a huir, y para evitar el colapso del reino, abdica en favor de
Aethelwulf, el cual es coronado rey en una rápida ceremonia antes de la huida
de la corte en un carruaje. Una vez su familia ha sido puesta a salvo, Ecgbert
se queda solo en palacio esperando la inevitable llegada de los vikingos, y una
vez éstos irrumpen en la fortaleza, Ecgbert accede a entregarles nuevamente
tierras de cultivo de forma legal y a cambio solamente solicita que se le permita
elegir la forma de morir. Sin embargo, los vikingos desconocen que Ecgbert ya
ha abdicado en favor de su hijo y heredero Aethelwulf, por lo que el documento
que firma, no es vinculante jurídicamente en ningún caso. De este ingenioso modo,
Ecgbert ejecuta su última jugada política, y acto seguido se suicida en la
terma romana, muriendo con la grandeza de un auténtico emperador romano ante la
atónita mirada de los vikingos, que desconocen que han sido, nuevamente, piezas
utilizadas en el complejo tablero de ajedrez político de Ecgbert. Toda una
lección de estadista que Alfred jamás olvidará.
En resumen, el maquiavelismo
político combina inteligencia y conocimiento, escepticismo y amplitud de miras,
estrategia y táctica, pragmatismo en los medios pero idealismo en el fin. En
este sentido, el rey Ecgbert de Wessex (al menos, el personaje representado en
la serie de ficción "Vikings") nos enseña a adentrarnos en los
oscuros bosques de la intriga, de la diplomacia, de la persuasión y del poder,
como único sendero disponible para sobrevivir en la tenebrosa contienda
política. Al mismo tiempo, la ficción medieval remasterizada por la
postmodernidad, imbuida de complejas intrigas palaciegas, fértiles diálogos
filosóficos, oscuras estrategias políticas e implacables decisiones de
estadista, nos sirve para realizar un interesante ejercicio de extrapolación
sociológica, en aras de tratar de comprender mejor el complejo, poroso e
incierto orden mundial del siglo XXI. Dicho de otro modo, las lecciones
políticas que nos enseña el rey Ecgbert, temido y amado, odiado y admirado,
inquietante y fascinante, seductor e implacable, pueden sernos de valiosa
utilidad en la práctica política y la lucha por nuestros ideales en este
particular "nuevo medievalismo" que nos ha tocado vivir.
Miguel Candelas, politólogo. Es autor de "Juegos de Poder", 'Cómo gritar Viva España desde la izquierda', colabora en Eco Republicano desde 2015
El contenido de los artículos de opinión serán responsabilidad exclusiva de su autor/a y no tienen necesariamente que coincidir con la línea editorial. Eco Republicano se compromete a eliminar cualquier contenido que pueda ser considerado ilícito.