Miguel de Unamuno contra la monarquía y la dictadura (III)

Miguel de Unamuno
A mis hermanos de España, presos en ella (I).

Aquietado ya el pulso, me figuro, y segura la mano, me pongo a escribir como quien ara con espada. Y debo empezar por contar un suceso que llega a hacerse hecho.

Después de haber pasado conmigo, aquí, en este albergue de destierro, las fiestas de navidad y año nuevo –gabon y gabonzar, noche buena y noche buena vieja que decimos en vascuence- mi mujer con mi hijo y mi hija mayores, volviose, dejándome en mi soledad patriótica, a reunirse con los otros nuestros, en nuestro hogar español salmantino.Al llegar a Irún a suelo esclavo de la tiranía pretoriana y policiaca, la registraron los esbirros, y la detuvieron y se la llevaron presa a San Sebastián, donde la metieron en la cárcel.





¿El delito? Llevar cuatro ejemplares de estas Hojas Libres. Estuvo en la cárcel unas horas, acompañada por nuestra hija mayor, y luego me escribió: “Ya me habían hecho las hermanas de la Caridad la cama con colchón, y una presa que está allí hace veintidós meses, muy simpática, estaba dispuesta a servirme en todo lo que me hiciera falta. Yo le dije que desde mañana le ayudaría a coser la ropa de los presos, pues hay más de 50 y sólo cuatro monjas y la dicha presa que les ayuda mucho. Cuando me dieron la orden de libertad se quedó un poco desconsolada, pues preveía que nos íbamos a hacer grandes amigas.”

Al leer esto sentí que me subía del corazón a la boca y a los ojos toda la entrañada costumbre de una convivencia de más de treinta y seis años y de un lazo de querencia de más de cincuenta y me dije: “es mi mujer, toda mi mujer.”

Como es mi mujer comprendió en las pocas horas de cárcel que iba a hacerse grande amiga de una pobre presa muy simpática y hacendosa.Hoy en España hay que buscar las amistades mejor entre los que en ella sufren en las cárceles persecución por la justicia que entre los más de los que andan sueltos por la cárcel que es la que fue patria. Y más en San Sebastián donde un nauseabundo sayón que responde al apellido de Santos ejerce de sobregobernador y cabecilla de la policía de croupiers, pistoleros, bandoleros y rufianes del M. Anido, un nauseabundo sayón que hasta se ha ensañado en la agonía y el entierro de un pobre muchacho que se decía comunista y a quien por ello se le quitó el pan que honradamente ganaba. Hasta se encarceló a los que velaban su cadáver. Al Santos se le había echado por ladrón de esa policía extra legal, pero hizo que se le repusiera su digno jefe, el que se intitula ministro de la Gobernación.

¿Qué se buscó con el encarcelamiento de mi mujer? La cosa es clara; lo que están buscando los tiranuelos con todos sus atropellos; que ella, o mi hijo a su nombre fuese a ponerse al habla con el Gobernador incivil de Guipúzcoa, que como sus piernas, arrastra su ancianidad en abyecta sumisión al pretorianismo. 

Pero ella, mi mujer, toda mi mujer, hizo lo que hice yo cuando me detuvieron en nuestra casa para deportarme a Fuerteventura y fue no pedir merced ni ponerme al habla con delegados de la tiranía. Porque no, no entraré en camino de componendas que lleve al borrón y cuenta nueva. No hay más que justicia y justicia para todos, justicia civil y honrada, y no casinera y de honor de duelista, no justicia profesional y castiza.

En aquel hediondo regüeldo que soltó de la sobreabundancia de un bilioso asiento Primo y que es su manifiesto prehistórico del 13 de Septiembre de 1923, aquel en que barbotaba de su masculinidad, barbotaba también de la moral -¡moral!- ¡de su profesión y casta! Y cuando con asco lo leí –estaba en Palencia, en casa de mi hijo mayor- me dije: “¿Justicia profesional y castiza, masculina, pretoriana? ¿Justicia de jurisdicción exenta castrense? ¿Justicia de ley de Jurisdicciones? ¿Justicia inquisitorial? ¡Dios nos libre!” Y así es. Y por esto cuando la mayoría se abría a la esperanza de un turno regenerativo, yo fui de los pocos que desde el principio denuncié el fondo inmoral, cainita y de mala fe del golpe de Estado. Y no me equivoqué. Y cuando Primo dice que cree no haber defraudado las esperanzas que hizo concebir, yo me respondo que a mí no, no me ha defraudado, pues nunca caí en su fraude.

Ya antes del golpe y estando él, Primo, de chulesco gobernador militar de Valencia, entablamos una escaramuza periodística. Y ello porque a propósito de la expulsión del Ejército por monstruoso tribunal de honor –quintaesencia de la deshonradez- de aquellos cultos alumnos de la Escuela Superior de Guerra, saltó diciendo que ello era cosa que sólo atañía a la familia militar y que en ella, como en un Casino, se puede votar la expulsión de socios por bolas blancas y negras. ¡Y nótese de paso que para él la familia es un Casino…! Y eso decía para congraciarse con la beocia castrense que en su enemiga a los diplomados y a sus estudios, no buscaba sino satisfacer la innoble pasión de ánimo inquisitorial que ha sido el sino agorero de la triste tragedia histórica tradicional española, pasión lóbrega que se agría y enrancia sobre todo en conventos, cuarteles y claustros académicos. Y por esto cuando leí el manifiesto casinero preveí acongojado toda la cenagosa sima moral en que iba a hundirse el Gobierno de mi pobre España. Y tomando los tiranuelos, ¡blasfemos!, el santo nombre de Dios aparejado a los de Patria y rey. Sabía que está para siempre por el Cristo dicho a los tradicionalistas: “dejando el mandamiento de Dios cogéis la tradición de los hombres” (Marcos VII, 8); y de los verdugos pretorianos: “vendrá hora en que todo el que os mate se figurará ofrecer culto a Dios” (Juan XVI, 2).

En los principios de la tiranía aun se prometían los tiranuelos atraerse a hombres civiles y liberales y patriotas. Sé que en el primer brevísimo Directorio, los generales Cavalcanti y Dabán –luego, suicida- lanzaron mi nombre, pero el epiceno magistrado palatino del Supremo, Ortega Morejón, les puso en guardia de las que llaman mis genialidades y recapacitaron que era mejor esperar a que se les ofreciesen asistentes civiles, que no dirigirles avances exponiéndose a una repulsa. Pero aun así los dirigieron por mediaciones discretas, a mí por una enquisa que inició El Sol y que se le chafó en cogollo. Y luego han seguido tendiéndome cables o, mejor, cadenas. 

Miguel de Unamuno

Hojas Libres, Enero de 1928
Unamuno escribe desde su exilio en Francia


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